Detención forzosa de un jefe de Estado: análisis jurídico del anuncio de Trump sobre el arresto de Nicolás Maduro y su traslado a Nueva York
Screenshot
BOUBEKRI MOHAMMED YASSER
El sábado 3 de enero de 2026, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ofreció una rueda de prensa vespertina en el resort Mar-a-Lago, en Palm Beach (Florida), en la que anunció públicamente la ejecución de una operación estadounidense en territorio venezolano que, según sus propias palabras, culminó con la detención del presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro, y su posterior traslado a la ciudad de Nueva York.
El anuncio fue acompañado por la difusión de una imagen que Trump presentó como prueba del momento del arresto.
De acuerdo con la versión oficial estadounidense, la detención de Maduro habría tenido lugar en la madrugada del mismo 3 de enero de 2026, hora local de Venezuela, en la capital, Caracas. A partir de este anuncio, los hechos dejan de situarse en el terreno de la hipótesis para convertirse según la narrativa oficial, en un acontecimiento consumado que exige un examen jurídico riguroso a la luz del derecho internacional público.
Desde la perspectiva del derecho internacional, un hecho de esta naturaleza debe evaluarse exclusivamente en función de su compatibilidad con las normas imperativas que rigen las relaciones entre Estados, y no a partir de las justificaciones políticas o discursivas que lo acompañen. En este marco, lo anunciado constituye una vulneración grave de varios principios fundamentales del orden jurídico internacional.
El primero de ellos es el principio de soberanía y de no intervención, consagrado de forma expresa en la Carta de las Naciones Unidas. La soberanía confiere a cada Estado autoridad exclusiva sobre su territorio y sus instituciones constitucionales, y prohíbe a terceros Estados llevar a cabo operaciones militares o de seguridad en dicho territorio sin consentimiento expreso. En consecuencia, la entrada de fuerzas extranjeras en Caracas y la detención del jefe del Estado en ejercicio suponen una infracción directa de este principio, con independencia de las acusaciones formuladas.
Este principio se ve reforzado por la prohibición del uso de la fuerza, establecida en el artículo 2.4 de la Carta de la ONU, que impide toda amenaza o empleo de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de un Estado. El derecho internacional solo admite dos excepciones estrictas: la legítima defensa frente a un ataque armado actual, o la existencia de una autorización explícita del Consejo de Seguridad. Hasta el momento del anuncio, no se había comunicado la adopción de ninguna resolución que autorizara el uso de la fuerza contra Venezuela ni la detención de su presidente.
A lo anterior se suma el régimen de inmunidad personal absoluta del que gozan los jefes de Estado en ejercicio frente a la jurisdicción penal extranjera. Esta inmunidad, reconocida por el derecho internacional consuetudinario y confirmada por la jurisprudencia de la Corte Internacional de Justicia, impide su detención, arresto o traslado forzoso a otro país, incluso cuando se les imputan delitos de especial gravedad.
En ocasiones se intenta justificar este tipo de actuaciones bajo el argumento de la “justicia internacional”. Sin embargo, tal calificación solo sería jurídicamente válida si se basara en mecanismos multilaterales, como una orden de detención emitida por la Corte Penal Internacional y ejecutada mediante cooperación judicial entre Estados, no mediante una operación militar unilateral. Cabe recordar, además, que Estados Unidos no es parte del Estatuto de Roma y que Venezuela no se encuentra actualmente bajo la jurisdicción efectiva de la Corte.
Desde este punto de vista, el traslado forzoso de un jefe de Estado a otro país encaja en la categoría de secuestro internacional o traslado ilícito extraterritorial, una práctica reiteradamente condenada por los órganos de Naciones Unidas. Se trata de una doble vulneración: de la soberanía estatal, por un lado, y del derecho internacional de los derechos humanos, por otro.
Un acto de estas características genera responsabilidad internacional directa para el Estado que lo ejecuta, con posibles consecuencias que van desde la condena en foros multilaterales hasta reclamaciones de reparación, además de un impacto político y jurídico profundo sobre la estabilidad del sistema internacional basado en normas.
A la luz del anuncio oficial realizado la tarde del 3 de enero de 2026 desde Mar-a-Lago, la detención del presidente venezolano y su traslado forzoso a Nueva York —según la versión estadounidense— constituye una violación manifiesta de la Carta de las Naciones Unidas, del principio de soberanía y del régimen de inmunidades de los jefes de Estado. El episodio reabre un debate central sobre el futuro del derecho internacional en un contexto en el que la lógica de la fuerza parece imponerse, cada vez con mayor frecuencia, sobre la lógica de la legalidad.