De la escritora tunecina: Nora Abid

Traducción: Hussein Nahaba

Corrección de estilo: Raquel

Todo lo tienes allí: Área de aseo, retiro en la pasión, harina saludable, muñecas vivas que revolotean con sensaciones de luces y colores de pura imaginación. Es el grano de maíz, cuando su rama madura, llega hasta el cielo, sus tallos y hojas son verdes, su mazorca está perfectamente cubierta por cascarillas tejidas sabiamente, que solo el pelo puede desatar. Cuando el pelo de la mazorca de maíz crece y se convierte en una seducción para el ojo que contempla.

Cespitosas negras, amarillas, moradas y blancas. Si quieres alcanzar la mazorca, debes despojar la colchilla. ¿Cuántas colchillas he despojado en busca del espléndido cuerpo de la mazorca?

La gente buscaba los maduros y dorados granos. Yo buscaba los blandos como los dientes de leche, si mi dedo los tocara, saldría un líquido amarillo parecido al semen. Los ojos cerrados, los mordisqueo y en vano los aso a fuego lento, saboreando su agua tibia vertida. Asado y no barbacoa.

La plantación de maíz era uno de los secretos. El maíz tiene directrices, cuando crece y madura en tallos, se vuelve arrogante y testarudo. Es una finca cuadrada. Llena de beneficios para el ser humano y los animales. Esa granja solo se frecuenta al final del día. No puedes pisarla cuando hace calor, para que tu cuerpo no se queme por su severidad, su grosor y la obstrucción de la corriente de aire entre los tallos. Cuando crece es como una línea cerrada, y siendo así, todo en ella es gozo.

Afirmó Sahar, añadiendo: “La granja de maíz es la fortaleza del cuerpo. En ella, a uno le gusta desnudarse. Es el área de aseo a la que acudimos cada vez que nos vencen las heces e incluso para orinar. Nos metemos entre los troncos y nos libramos de la suciedad de los intestinos, abandonándola con rabia. No era fácil hacer la ablución allí. Era como si estuviéramos en un baño, o más bien en el cuarto caliente, apretándonos de abajo y de arriba. De abajo nos asustan los réptiles y de arriba nos presiona el calor, el susurro de las hojas, el balanceo de las espigas y las mordeduras de las cespitosas resaltantes… Además de la ablución con arena, llevamos nuestros calzones como si mantuviéramos una taleguilla de brasa.

Alguna vez, durante el crepúsculo mis intestinos me vencen. Estaba buscando higos ‘el presagio’, los primeros frutos que maduran en el mes de julio, y me apetecía recogerlos y devorarlos allí, chupando la miel de sus labios. Conservo su sabor, lo que hace que la vida sea disponible y deliciosa.

Aquella noche, no me quedé satisfecho con un fruto, porque me di el capricho de comer cuatro higos negros mientras el sol del día se había puesto rojo como la lujuria. Me los comí, los mordí y los tragué. No sé exactamente, lo único que sentí, fue el giro repentino de mis intestinos… Sin vacilar, me apresuré hacia la plantación de maíz para librarme de la suciedad que atravesó la frialdad de mi cuerpo.

Sufrí un terrible mareo con un dolor extraño. Me marché entre los tallos portadores de mazorcas. Me penetré un poco para una comodidad completa, me quité lentamente el calzón y me puse en posición; salieron las heces fluidas y sucias, como si me deshiciera allí de todas mis tripas… No entendí cómo fue… Mucho me ayudó la arena para disipar el mal olor de mi defecación. He lamentado mucho mi codicia y mi egoísmo. Mi placer se convirtió en un banquete de odio. Juro por Dios que es verdad, “Todo voraz es cagón, y todo cagón es gente del infierno”, dijo mi abuelo.

Mientras ocultaba mis malos antojos, llegó a mis oídos un susurro cual una charla del atardecer, unas risas cual disparo del alba, y un silencio cual obituario de partida. Me puse mis calzoncillos polvorientos y luego, alisé la caída de mi traje veraniego. Mis oídos adelantaron a mis pasos en busca del origen del movimiento. Cada vez que tocaba uno de los tallos de la granja de maíz, se esparcían algunas de las cespitosas mazorcas semi maduras. Una de sus mitades es verde y la otra está seca como la vida. Pica mi cuerpo desnudo y acentúa mi miedo en la profundidad de lo que yo buscaba.

He avanzado mucho hasta el diámetro de la finca, la nuestra. La tengo memorizada con sus fuentes y sus vías fluviales. En el centro está un círculo cual lecho extendido sobre tierra enyesada y enfriada. De la finca, y con un movimiento circular, arranqué más de cinco tallos de esta planta. Las mazorcas habían sido recogidas, permitiendo descubrir su radiante silueta como aceite derramado sobre aceitunas verdes y negras. Su corredizo y su desliz eran deliciosos. Sus cascarillas fueron arrojadas sobre los troncos que las portaban. Sus cespitosos pelos fueron esparcidos en mechones separados. Eran rubios, rojos y negros. En su superposición parecían una mezcla de colores entre nomadismo, civilización y frescura del reflejo de las hermosuras del Creador y el creado.

Me olvidé del aguijón que me fue infligido, me olvidé del cansancio de la defecación, me olvidé del higo negro y su lujuria, me olvidé de la puesta del sol. Me planté a dos metros de distancia, observando lo que el destino había decidido. 

Sin vergüenza, nuestra vecina y mi padre se habían precipitado largamente hacia los gemidos y el tartamudeo… ah ay… Lo estaba montando, mientras su espalda estaba sobre la tierra, tenía sus tetas en las manos, apretaba sus pezones; una vez el izquierdo con un beso en la oreja norte, y una vez el otro pezón con un ahogo en un eterno beso en los labios. Cuando eso sucedía, ella se pegaba más a él, mientras la empujaba hacia arriba y la bajaba. Lo he oído decirle: “Tú también follas”. Ella lo repetía riéndose. Se balanceaba más sobre su maldita pelvis masculina.

Por un momento, olvidé que era mi padre. Mi mente se perdió en aquella escena en la granja de maíz, entre tierra y cielo. Mi padre se alimenta del cuerpo de nuestra hermosa vecina. Ella se alimenta de su virilidad sobre la que empecé a oír hablando sin vergüenza.

Mis párpados no se movieron, ni tampoco se calmaron ni parpadearon mis ojos. Me olvidé del tiempo y lo recordé. Quizás mi mamá me extrañó. Le di la espalda a la escena, provocando así un “ruido” entre los tallos rociados cual decepción, fuerte sudor, y la interrupción de la esperanza. Los apasionados se dieron cuenta. No giré, al contrario, corrí y me arrojé en la finca, cayendo entre sus plantas. Me tropecé provocando el alboroto del fugitivo.

Lo que se escuchó fue una caída. Era cierto que su cuerpo se levantó del de mi padre. Luego, hubo un silencio exactamente como la puesta del sol y como entrada de la noche en el día. Cuando salí de la finca, me abrí un camino despejado; donde había mazorcas, unas sobre otras. El camino de la desconfianza y la decepción había obstruido mis pies… Seguí el trayecto hacia nuestra casa cercada de rosas y jazmines mientras el olor a excremento me perseguía. El maíz tiene nombres hermanos; los ocultos y los velados.