Opinión

Pedro Canales

Pedro Canales

No nos equivoquemos. La crisis político-diplomática entre España y Marruecos no ha terminado. Pedro Sánchez ha sacrificado en el altar de los intereses de Estado a la anterior titular de la cartera de Exteriores, Arancha González Laya, creyendo así pasar página ofreciendo a Rabat una cabeza enemiga en bandeja de plata. Craso error.

Para el rey alauí Mohamed VI lo más grave en esta crisis bilateral no son las declaraciones políticas desacertadas de los responsables gubernamentales madrileños; ni la ambigüedad de la posición de España en relación con la suerte de su antigua colonia del Sáhara Occidental cedida en régimen de administración en 1975 a Marruecos y Mauritania en un acuerdo inter gubernamental con copia trasmitida a las Naciones Unidas; ni los tejemanejes político-energéticos del Gobierno español con su homólogo argelino que dieron como resultado la admisión de Brahim Ghali en un hospital público español. No, lo más grave es la pérdida de confianza entre dos socios hasta hace muy poco estratégicos. Digámoslo claro: Mohamed VI se ha sentido engañado por el presidente español Pedro Sánchez. Y eso no se resuelve con la defenestración de González Laya. Cierto es que la exministra de Exteriores echó leña al fuego de la discordia, repitiendo por activa y por pasiva que había hecho lo que había hecho siguiendo las normas y los protocolos y teniendo informado a Marruecos. Lo cual no solo no la exculpó, sino que presentó al interlocutor marroquí por lo menos exagerado, cuando no mentiroso. Los errores políticos se pueden subsanar en poco tiempo; las humillaciones dejan huellas profundas.

“Marruecos esperaba y sigue esperando un reconocimiento por parte española, de los errores cometidos”, declara a ATALAYAR un diplomático marroquí experto en las relaciones bilaterales. “Como mínimo, un gesto que indique que no se actuó con lealtad”. 

Pero este gesto de mano tendida, este acto de contrición no incumbe al nuevo titular de Exteriores José Manuel Albares, sino al presidente del Gobierno Pedro Sánchez. Y mientras no lo haga, la crisis seguirá ahí. Se podrán normalizar ciertas relaciones, económicas, comerciales y culturales; se podrá incluso recuperar el diálogo bilateral para abordar temas de interés común como la inmigración, la lucha contra las redes mafiosas del terrorismo y del narcotráfico; pero la herida de la desconfianza seguirá abierta. Y esto la Moncloa lo debe tener claro: el problema es bilateral, y ni París, ni Washington tienen la última palabra. ¿Lo entenderá el presidente español?