Poseer dos culturas y dos nacionalidades es a la vez una incomodidad y un motivo de exaltación

Hace algunos días, recordé una anécdota divertida. Cuando tenía 10 años, mi madre nos sacó a mi hermana y a mí nuestro primer pasaporte. Mi hermana, que se llama Hind, es un año menor que yo. Un día, mi madre volvió a casa con los preciados documentos. Recuerdo muy bien aquel primer pasaporte que, en Marruecos, sobre todo en aquella época, era tan difícil de obtener. Recuerdo sus tapas verdes, el hecho de que se abría de izquierda a derecha y también que podía leerse en árabe y en francés. Aquel documento decía quién era yo, me concedía un estatus, una identidad y la posibilidad de desplazarme… Continuar leyendo