La política exterior de este Gobierno está llena de agujeros negros.

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Pedro Sánchez ha convertido el Palacio de Santa Cruz, sede del Ministerio de Asuntos Exteriores, en el Castillo de Irás y No Volverás. Ahí reina Arancha González Laya, con sus alegres estampados y con el personal en ebullición, sin destinos, sin vacunas y sin rumbo. Spain is back, sí. De vuelta. Pero no sabemos adónde.
Proliferan los agujeros negros, empezando por el rocambolesco incidente que implicó a dos diplomáticos españoles y a la Embajada mexicana en Bolivia, donde se habían refugiado nueve compinches de Evo Morales. Aquello acabó en una crisis bilateral nunca aclarada.
Poco después nos cayó del cielo la siniestra Delcy Rodríguez y sus cuarenta maletas. Bueno, cayó más bien en los brazos de José Luis Ábalos, que tuvo que pasearla por Barajas. Las mentiras del ministro no lograron ocultar que el Gobierno había violado el veto europeo a la entrada de la número dos de Nicolás Maduro, íntima de Zapatero y acusada de graves delitos.
De nuevo, un tupido velo, que rodea también al injustificable rescate millonario de la aerolínea venezolana Plus Ultra.
Por no hablar del general chavista Hugo Carvajal, acusado de narcotráfico por Estados Unidos, detenido en España en abril de 2019 y “desaparecido” en cuanto se aceptó su extradición. Cliente, por cierto, de Baltasar Garzón, abogado favorito de Caracas y pareja de la fiscal general del Estado. Nuestra política exterior con el régimen de Venezuela es un lodazal.
González Laya ha sido ajena a estos episodios, pero ella solita ha dado la puntilla a las relaciones con Marruecos, convirtiéndonos en los tontos útiles del régimen argelino. La decisión de traer en secreto al jefe del Polisario, que declaró en noviembre la guerra a Rabat, pasará a los anales de los desatinos (un aplauso también al cerebro de la operación de entrada y salida, digna de Mortadelo y Filemón).
La ministra hace gala de una prepotencia poco justificada, a tenor del desmadre en su negociado. La parálisis en el nombramiento de una treintena de embajadores ha soliviantado a los diplomáticos, que denuncian la falta de respeto de parte de su jefa, que tuvo además la ocurrencia de fotografiarse recibiendo una vacuna reclamada sin éxito desde hace meses por el personal del servicio exterior.
González Laya tendría que haber sido destituida y enviada de vuelta a sus felices labores en la burocracia internacional feminista y sostenible. Pero tenemos el presidente que tenemos. La descomposición interna pesa en la gestión exterior. A España le costará recuperar una imagen de solvencia. 
La política exterior de este Gobierno está llena de agujeros negros.