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En la mesa que comparten a diario, cuatro amigos comentan que después de los últimos desencuentros tienen claro que España no es transparente con la cuestión del Sáhara Occidental

“Queremos saber la posición clara de España sobre el Sáhara”, afirma Mohamed mientras toma un café con sus tres amigos, Jalal, Mohtar y su tocayo Mohamed, en una céntrica terraza de Rabat. A pocos metros de ellos, en un pequeño quiosco de madera, ‘Le Matin’ —uno de los principales diarios oficialistas— abre su edición con un titular a cuatro columnas: “Crisis marroquí-española: El fondo del problema es una cuestión de confianza rota entre socios”, citando las últimas declaraciones del ministro de Exteriores marroquí. Una desconfianza hacia el Ejecutivo español que también se respira en la calle, en un momento en el que interesa capear las crisis internas del reino alauí.

En la mesa que comparten a diario bajo las arcadas de los edificios blancos de estilo colonial, estos cuatro amigos comentan que, después de los últimos desencuentros diplomáticos y las declaraciones de los dirigentes españoles, tienen claro que España no es transparente con la cuestión del Sáhara Occidental, “Marruecos es claro, pero España no lo es”, afirman.

“Acoger a Ghali es solo un detalle”, remata uno de ellos. “Un gran detalle”, recalca otro. Critican los subterfugios con los que el líder del Polisario entró en España “con un pasaporte falso”. Pero más allá de este nombre propio que por momentos monopoliza la conversación en la mesa, ninguno necesitó leer el comunicado oficial para saber, desde el primer momento, que el fondo de la crisis siempre ha sido el mismo: la postura española sobre el Sáhara Occidental, contraria a “los intereses marroquíes”.

Cuando Donald Trump, poco antes de su salida de la Casa Blanca, se convirtió en el primer líder occidental en reconocer la soberanía marroquí sobre la excolonia española, tanto las autoridades como la población confiaban en que los países europeos iban a seguir los mismos pasos. Pero, por ahora, no han recibido la respuesta que esperaban. Este es el verdadero origen de gran parte del enfado de Rabat y el caso Ghali, como comentaba uno de los amigos, un “gran detalle” —como también ha apuntado el Ejecutivo marroquí—.

Mapas sin rayas

“Para resumir: el Sáhara es marroquí”, afirma uno de los parroquianos en Rabat. “El Sáhara es el único tema sobre el que coincidimos todos los marroquíes. Con otros temas puedes encontrar diferentes opiniones, pero con este no”. Y añade: “Después de toda la inversión que Marruecos ha hecho en Sáhara, ¿crees que Marruecos se va a ir?”.

“El Sáhara es el único tema sobre el que coincidimos todos los marroquíes”

Efectivamente, en las calles de Rabat y de todo el país es prácticamente imposible encontrar alguien que ponga en duda la marroquinidad de esos 266.000 kilómetros cuadrados de territorio (casi la mitad de España), con ricos recursos minerales y pesqueros. Y las pocas voces divergentes del discurso oficial nunca se manifiestan públicamente. Es uno de los temas más sagrados y tabús del país, y ponerlo en duda puede acarrear problemas con las autoridades.

Como ejemplo, en Marruecos los mapas que marcan la frontera del Sáhara Occidental con una raya, aunque sea discontinua, son “ilegales”. Incluso en alguna ocasión han sido requisados en el aeropuerto si algún turista despistado traía con él un mapa que deja el llamado “territorio no autónomo” fuera de sus fronteras, los que habitualmente se pueden comprar en España. También están muy presentes los casos de Ceuta y Melilla, casi siempre precedidas del título “los territorios ocupados de…” en las noticias marroquíes. “Marruecos demanda la independencia de sus territorios poco a poco”, apunta Mustafa.

El principal vehículo de esta nueva oleada de nacionalismo marroquí son, precisamente, los medios de comunicación. Afines o próximos a Palacio, el Gobierno y los servicios secretos, televisiones, diarios y medios digitales se han volcado en poner el foco en la acogida del líder del Polisario en España en un momento en el que Marruecos se enfrenta a una fuerte crisis económica en varios frentes. La pandemia ha llevado al país a su primera recesión desde 1995 por el cierre de fronteras al turismo, la prohibición del ‘porteo’ con las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla y un confinamiento forzoso que afectó especialmente a la economía informal, con la consecuente presión social ante la falta de oportunidades.

Aunque los medios públicos no informaron apenas de la entrada masiva de 8.000 personas en Ceuta (que incluso llegó a dejar en mal lugar al Gobierno marroquí por la “utilización” de niños en su “asalto político”), la llegada de Brahim Ghali y las consecuencias diplomáticas sí que han ocupado decenas de noticias y columnas de opinión, muy críticas con el Gobierno español y hablando incluso de “deslealtad” y “vergüenza” de España, frente a un Marruecos que “hace valer sus intereses” y que “no tiene ninguna lección que aprender”, ni siquiera en la gestión migratoria.

Patriotismo en redes

El fenómeno se ha trasladado a las redes sociales, donde se puede leer opiniones muy críticas basadas en el nacionalismo marroquí que han ido en aumento estos últimos meses. En internet, “una nueva corriente de ultraderecha está tomando cuerpo en las redes sociales en Marruecos (…), cuyos seguidores recurren a una lectura patriótica de la historia para buscar estímulos al orgullo nacional y superar las narrativas derechistas tradicionales”, se detalla en un reciente reportaje de la Agencia EFE.

“A todos les está saliendo una vena patriótica en las redes sociales que no había visto antes”

“Últimamente, tanto marroquíes como españoles, que antes se defendían mutuamente en redes o simplemente no se posicionaban, ahora se pelean y se critican a través de comentarios”, explica una joven española que lleva seis años viviendo en Rabat. “A todos les está saliendo una vena patriótica en las redes sociales que no había visto antes y que me entristece bastante, a la vez que me preocupa”. Esta tristeza, según explica, es porque “no me gusta escuchar los comentarios que critican a España, pero tampoco que critiquen al país donde vivo”. Una opinión compartida entre gran parte de los españoles que viven en el país.

Aunque existe cierto divorcio entre la opinión pública y los medios españoles y marroquíes, en Rabat también son muchas las voces que, aunque no quieren hacer declaraciones, tienen claro que es un problema con el Gobierno español, no con los ciudadanos. Existe una conexión especialmente fuerte en el norte del país, donde no solo muchas casas sintonizan las cadenas de televisión españolas o se vive LaLiga con gran pasión, sino que existe un genuino sentimiento de unidad y hermandad con el vecino europeo.

En el café de Rabat, los cuatro amigos siguen discutiendo sobre el ‘impasse’ diplomático y sus ramificaciones. La conversación los lleva por un repaso histórico, desde el periodo de Al Ándalus, pasando por la guerra del Rif y la dictadura franquista, de las tensiones bilaterales. “Las relaciones entre España y Marruecos son de pequeños conflictos a lo largo de toda la historia”, reflexiona uno de ellos. Para ellos, el remedio a la crisis es obvio: “Una vez que España reconozca la ‘marroquinidad’ del Sáhara, todos los problemas se solucionarán”.

Pero, entre sorbo y sorbo de café, el tono de la charla tiene cierto optimismo. “Creo que la crisis no va a ir muy lejos, los intereses comunes son muy fuertes. También hay muchos marroquíes que viven en España”. Todos están de acuerdo en que nadie quiere, ni les conviene, que esta crisis diplomática vaya a más. La reunión transcurre con mucha calma y simpatía, mientras se comenta y habla de todo. Al finalizar, insisten en invitar al café. “La próxima vez que nos vengas a ver, pagas tú”, bromea uno de ellos.

Pero no todo el mundo quiere hablar de este tema en público. Existe una desconfianza, que no es nueva, a la hora de expresar su opinión, sobre todo para los medios extranjeros. “Se habla más de la crisis entre España y Marruecos en los medios que en la calle”, zanja un joven que trabaja en el centro de la capital.