Ángela Vallejo

Hermano, recuerdas esa orilla?
Su lengua lamía las yemas pequeñas de nuestros dedos.
El mar, aquel que llaman muerto, gime entre lágrimas de sal,
pues les llega
las ondas del dolor.

Escuálidas plegarias revolotean al rezo del Ángelus
y fuera de nosotros
la indiferencia campa sin mesura.

Atmósfera limpia en otro tiempo,
donde las ropas tendidas
y los velos al aire conformaban un paisaje posible, hoy un lienzo sin pintura.
Lo recuerdas hermano?

Volábamos con nuestras oraciones pues éramos aire y nuestro verbo, también era compartido
en un muro de lamentos
y ante una cúpula identitaria
donde hoy, le acecha crónico el peligro.

Hermano, el reclamo
de los hombres de Sión
me hace llorar.
Me estremezco.
Y es en el temblor
del espasmo
que la boca me sabe
a sangre de niños, mujeres y hombres agonizantes,
tan sólo por
pisar la tierra antigua
del dios del crepúsculo : Jerusalém.

Y nos repliegan
sin piedad, libándonos
la miel impunemente.
En tanto, nosotros resistimos,
nadie nos tiende la mano.

Dime tú,
qué clase de Dios
podría prometer
su trozo de tierra a un solo hermano?