Domingo del Pino

Los gestos humanitarios y la cordialidad de la ministra de Asuntos Exteriores, Arantxa González Laia pueden pasar factura a las excelentes relaciones económicas, y pésimas en lo político, entre España y Marruecos. El último serial de errores, desencuentros, cuestiones de orgullos nacionales lastimados, pateras, vallas alambradas en la frontera, contenciosos territoriales históricos no resueltos, está relacionado con la generosidad de la ministra González Laia pero sobre todo con la complicidad del presidente de gobierno Pedro Sánchez que aceptó la presión argelina para recibir con nombre falso y al mismo tiempo garantizar que Ghali, con una causa abierta y pendiente ante la justicia española, no sería perseguido. La irritación generalizada en estos días en Marruecos corre el riesgo de abrir otra indeseada etapa en las siempre delicadas relaciones con un vecino que debido a la geografía siempre lo será.Varios factores concurrentes hacen del “caso Ibrahim Ghali” una posible complicación mayor de lo que objetivamente es o debería ser. En primer lugar, recibir a un líder tan importante del Frente Polisario y de la RASD se inscribe a contracorriente de los éxitos diplomáticos recientes de Marruecos en su reivindicación, nunca desfallecida, de la soberanía sobre el Sahara occidental. En segundo lugar, Marruecos ejerce sobre el territorio de la antigua colonia española desde hace años un poder total que es lo más parecido al ejercicio de la soberanía. En tercer lugar, y tal vez lo más importante, es que este posible nuevo conflicto coincide con una imagen interna y externa deteriorada del gobierno español y los políticos españoles de cualquier partido o ideología después de un periodo de populismo que ha socavado aquella famosa “marca España” tan favorable después de la transición política en España y por la que los españoles nos sentíamos tan orgullosos.Otro elemento, éste estructural, consiste en que los gobernantes y políticos españoles, conocieron mal el Marruecos del reinado del rey Hassan II, y parecen conocer aún peor el del actual monarca Mohamed VI, y los importantes y positivos cambios que han tenido lugar. El más llamativo de ellos es su gestión eficaz de la pandemia del Codiv que contrasta con la caótica gestión por los dieciocho gobiernos españoles. Tampoco está de más recordar que la política del gobierno español hacia el norte de África, ha sido bastante tributaria de la confrontación entre Argelia y Marruecos, y la dificultad de tener una política clara y de estado propia, y no dar bandazos según las circunstancias. Y no es un problema de los embajadores que han pasado por Rabat y Argel. Me consta que todos cumplieron con eficacia su labor, pero los embajadores no son nada en la política exterior si los gobiernos no los escuchan.Confiemos que este entuerto se resuelva pronto y que españoles y marroquíes, que como pueblos y sociedades nos apreciamos, no tengamos que sufrir una vez más por las torpezas de los políticos.

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