Por Mustafa Akalay Nasser, profesor en La Universidad Privada de Fez.UPF

Yo soy un moro judío
Que vive con los cristianos
No sé qué dios es el mío
Ni cuales son mis hermanos

No hay muerto que no me duela
No hay un bando ganador
No hay nada más que dolor
Y otra vida que se vuela
La guerra es muy mala escuela
No importa el disfraz que viste
Perdonen que no me aliste
Bajo ninguna bandera
Vale más cualquier quimera
Que un trozo de tela triste

Yo soy un moro judío
Que vive con los cristianos
No sé qué dios es el mío
Ni cuales son mis hermanos

Y a nadie le di permiso
Para matar en mi nombre
Un hombre no es más que un hombre
Y si hay dios, así lo quiso
El mismo suelo que piso
Seguirá, yo me habré ido
Rumbo también del olvido
No hay doctrina que no vaya
Y no hay pueblo que no se haya
Creído el pueblo elegido

Milonga del moro judío de Jorge Drexler.

La principal misión de la cultura es hacer las preguntas esenciales y buscar las respuestas necesarias: ¿adónde vamos? ¿Qué mundo pretendemos construir? ¿A qué sociedad aspiramos? Toda cultura es el resultado de una mezcolanza según Claude Lévi-Strauss. Hegel dio fundamento al discurso de las culturas nacionales- que fragmentan la cultura universal en términos étnicos y territoriales- cuando definió la cultura como la manera de hablar, trabajar y desear en una sociedad determinada. Sin embargo en  sentido restringido, la cultura es también el conjunto de construcciones fruto de la curiosidad y de la pasión por el conocimiento y por la creación que son el principal patrimonio de la humanidad como fuerza de transformación del mundo.[1]

“La cultura, como el amor, no posee la posibilidad de exigir-observa con razón Rob Riemen-. No ofrece garantías. Y, sin embargo, la única oportunidad para conquistar y proteger nuestra dignidad humana nos la ofrece la cultura”.[2]

El arabista Pedro Martínez Montavez nos recuerda en lo que sigue: “Que vivimos una época particularmente convulsa, dura, contradictoria y llena de incertidumbre, que nos encontramos en una encrucijada, de enormes proporciones y de alcance universal, parece obvio, indiscutible, múltiplemente comprobado y comprobable…

Entre los muchos descubrimientos que nuestro tiempo nos ha proporcionado está el del pluralismo, la diversidad. En todos los terrenos y realizaciones humanas, y por ello también en las sociales y culturales. No existen sociedades ni culturas únicas o uniformes …” (Tres culturas e interculturalidad, Murcia 2004).

[1]Josep Ramoneda: Contra la indiferencia, Galaxia Gutenberg, círculo de lectores, Barcelona 2010.P.73                              

[2] ” Algunos impenitentes agradecemos a Nuccio Ordine su manifiesto: La utilidad de lo inútil en el que repasa las opiniones de filósofos y escritores sobre la importancia de seguir tutelando en escuelas y universidades ese afán de saber y de indagar sin objetivo inmediato práctico en el tradicionalmente se ha basado la dignitas hominis”. Fernando Savater. (Nuccio Ordine: La utilidad de lo inútil. Acantilado Barcelona 2013).                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                  

 La interculturalidad es un reto no sólo de la educación, sino de la sociedad en general. Entendiendo por interculturalidad la interrelación, en condiciones de igualdad, de las diferentes culturas, el convencimiento de que la diversidad cultural es positiva y enriquecedora, que todas las personas tienen derecho a conservar su cultura en un marco de convivencia democrática, y que todos deben tener los mismos derechos y las mismas oportunidades.  Para poder educar para la interculturalidad han de tenerse conceptos claros sobre qué es la cultura y sus características, que podríamos resumir:

Todos los pueblos tienen su propia cultura, que abarca una gran cantidad de aspectos. Sobre las culturas de distintos pueblos no se pueden aplicar criterios cuantitativos (unos tienen más cultura que otros) ni cualitativos (unas culturas son mejores o superiores que otras). Las culturas son, simplemente, diferentes. Y todas ellas, tanto la nuestra como las ajenas, tienen rasgos positivos y negativos. Las culturas no son estáticas, sino que evolucionan y se transforman, tanto por su propia dinámica interna como por el contacto e intercambio con otras culturas. 

Las culturas no son homogéneas, pues en todas hay sectores dominantes y subordinados, cultura oficial y subculturas. Las culturas son patrimonio de las personas, y no de los territorios. En un mismo territorio, a lo largo de la historia, han vivido personas de culturas diferentes y diversas. La cultura de un territorio en un momento determinado la definen las personas que habitan en él, y no al revés. Hay culturas que se prolongan a lo largo del tiempo sin estar arraigadas en un lugar determinado.

Los científicos sociales definen la cultura como un conjunto de significaciones compartidas y que vivimos en sociedades pluriculturales es un dato de la realidad:

“…Las culturas se convierten en interdependientes, se penetran las unas a las otras, sin que ninguna sea “un mundo por derecho propio”, sino exhibiendo en cada caso un estatus híbrido y heterogéneo; ninguna es monolítica y todas están intrínsecamente diversificadas, simultáneamente, se dan un intercambio   cultural y una globalidad de la cultura…”[3]                                                                                                                                           

La interculturalidad es, ante todo, una realidad inapelable; y también una virtud. Consideramos el cénit de nuestra civilización aquellos periodos históricos que reciclaron las herencias plurales del pasado y reconocieron las reciprocidades mestizas del presente como apuesta de futuro.  Por tanto, nada más incivilizado que asumir el choque de civilizaciones exaltado por Samuel Huntington. Nada más que regresivo que practicarlo en nombre del progreso.

[3]Zygmunt Bauman: La cultura como praxis, Paidos, Barcelona 2002.

Pero la riqueza intercultural es también un desafío a las convicciones, filiaciones étnicas y religiosas, normas sociales, identidades y entidades geopolíticas que decidimos o nos imponen. El reto intercultural resulta obligatorio y, a veces, duro; pero también fascinante si es vivido en libertad. Conlleva riesgos, pero también logros. Presupone reconocernos; es decir, volver a conocernos: descubrirnos distintos y, al tiempo, similares en nuestra pluralidad frente al otro.[4]   

“En las actuales condiciones de la globalización, encuentro cada vez mayores razones para emplear los conceptos de mestizaje e hibridación. Pero al intensificarse la interculturalidad migratoria, económica y mediática se ve que no hay sólo fusión, cohesión, ósmosis, sino confrontación y diálogo…. En este tiempo en que las decepciones de las promesas del universalismo abstracto han conducido a las crispaciones particularistas, el pensamiento y las prácticas mestizas son recursos parareconocer lo distinto y elaborar las tensiones de las diferencias. La hibridación como proceso de intersección y transacciones es lo que hace posible que la multiculturalidad evite lo que tiene de segregación y pueda convertirse en interculturalidad. Las políticas de hibridación pueden servir para trabajar democráticamente con las divergencias, para que la historia no se reduzca a guerras entre culturas. Podemos elegir vivir en estado de guerra o en estado de hibridación”..[5]

El concepto intercultural nos remite a la idea de diversidad cultural, al reconocimiento de que vivimos en sociedades cada vez más complejas donde se hace necesario posibilitar un proceso dinámico, sostenido y permanente de relación, comunicación y aprendizaje mutuo. Desde este punto de vista defendemos que, la acción intercultural afecta a toda la población y no se dirige, por tanto, exclusivamente a los miembros de los grupos minoritarios o a los de origen extranjero…La interculturalidad es pues una forma de gestión de la diversidad que potencia las relaciones entre sujetos, no a pesar de sus diferencias, sino considerando las diferencias como elementos positivos que los enriquecen mutuamente. Sin negar por ello la potencial conflictividad que en ocasiones puede surgir. La interculturalidad es, por tanto, una relación de armonía entre las culturas, dicho de otro modo: una relación de intercambio positivo y convivencia social entre diferentes actores culturales.

[4]Víctor Sampedro y Mar Llera (eds.): Interculturalidad: interpretar, gestionar y comunicar, ediciones Bellaterra, 2003.

[5] García Canclini: culturas híbridas, editorial Paidós, 2001

 La ciudad se convierte hoy en el principal laboratorio intercultural en el que se buscan, se diseñan, se experimentan y se ponen a prueba soluciones locales a problemas globales. Ahora bien, al mismo tiempo, la ciudad ofrece la clase de entorno más propicio para la adquisición de habilidades, artes, capacidades y hábitos que pueden ser de enorme ayuda a la hora de confrontar, abordar y quizás hasta resolver esos problemas globales justo donde deberían ser tratados en la escena global.

“El campo de experimentación cotidiana de problemas de carácter global. Y los factores étnicos, religiosos, culturales, e incluso morales se suman a los conflictos de unas clases sociales en mutación permanente…los flujos apuntan a las ciudades, y la presión migratoria sobre ellas- tanto la inmigración interior como la extranjera- ha roto el equilibrio entre urbs y civitas …La ciudad nunca será identidad cerrada. La ciudad es una morada. Ciudadanía es un concepto político, pero es también un concepto cultural: El individuo se hace ciudadano compartiendo morada, es decir ocupando espacios que han ocupado, ocupan y ocuparán otros. No hay raíces eternas ni primordialidades indestructibles en la ciudad, que es un territorio hecho para el contagio y el intercambio en que los roles no son fijos sino cambiantes. En realidad la ciudad es el único espacio en el que la superación del conflicto multicultural es posible, porque el del intercambio que surgirán los nuevos humanismos y los nuevos imaginarios…”[6]

Asistimos al nacimiento de identidades híbridas, polivalentes, que recomponen tanto el tejido de la sociedad como su auto-representación, su conciencia de sí mismo. Me refiero, por, supuesto, a las democráticas, aunque se puede comprobar la misma evolución en otros lugares o, por mejor decir, ocurriría lo mismo si las demás sociedades aceptasen la democracia como modelo de vínculo social. El mestizaje se presenta como proceso irreversible, acorde con los cambios demográficos y económicos que imperan en un mundo centrado en la circulación de bienes y de mercancías y donde también el ser humano, está reducido a su mínima expresión, es otra mercancía. 

[6]Josep Ramoneda: contra la indiferencia, galaxia/círculo de lectores, Barcelona 2010. PP.121-122.

La estrategia de ciudad intercultural[7] se configura como un entramado de conceptos, acciones, instrumentos y políticas que pretenden servir de guía para la construcción de modelos de gestión pública interculturales. Para ello, la estrategia parte de una idea básica de interculturalidad no es una política concreta que se aplica para gestionar nuevos retos fruto de nuevas realidades, sino que se trata de una construcción holística, que no puede ser explicada parcialmente, sino que supone un entramado en el que la suma explica el comportamiento de las partes. Es decir, no se entiende la interculturalidad como una política, sino como un modo de hacer política. No se trata de articular instrumentos que sirvan a los funcionarios o técnicos de un departamento específico, normalmente vinculado a servicios sociales, sino de imprimir una visión y un compromiso a todos los responsables de los servicios públicos, pero también a los actores sociales económicos y culturales que conforman la vida de una ciudad. En este modelo, la ciudadanía forma parte imprescindible de un proceso que considera la diversidad un bien que, además, es un valor a favor de la cohesión social.[8]  

Garantizar la cohesión social supone asumir de la existencia de diferencias,pero también el compromiso que las mismas no degeneraran en desigualdades. De hecho, las diferencias deben entenderse como elemento enriquecedor que permite a la ciudad adaptarse, reformularse y seguir creciendo. Se asume, la importancia de la diversidad para construir sociedades cohesionadas, garantizando que el respeto a las expresiones culturales conviva con el objetivo de construir una única sociedad, con múltiples voces, pero con un único marco regulador. Sobre la base de la igualdad de derechos, deberes y oportunidades, la ciudad intercultural no solo permite sino estimula la existencia de expresiones diversas, porque todas participan del objetivo común de construir un solo espacio de convivencia. La ciudad intercultural a la hora de la globalización produce un nuevo ser social, construido desde la materia híbrida de las diferencias.

[7] Ricard Zapata Barrero y Gemma Pinyol Jimenez: La importancia de una cultura de red de ciudades interculturales.

[8] Ibidim.