10 de diciembre de 2022

HorraPress

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“El retrato” de Ahmed Balghzal

15 minutos de lectura
Ahmed Balghzal Doctorando en la Universidad Mohamed V, profesor y escritor marroquí en lengua española.

Las decisiones como esta se toman en la taberna más descuidada de la ciudad de Rabat. Era un espacio reducido, oscuro y algo apartado. Ideal para reuniones discretas. La de hoy era la más urgente. “Un asunto mayor del Estado -decía el Jefe Mayor, siguiendo con la explicación y poniendo especial acento en las siguientes primeras palabras- … el Excelentísimo celebraría el quincuagésimo aniversario de su glorificada elección en un mes, tenemos que pensar en algo especial”. La preocupación más inminente de todos era festejarlo de la forma más digna y correspondiente a la excelsitud de su figura.

  • Declaremos un mes de festividades —Dijo el Jefe Menor—…
  • No, —contestó el Mayor— eso lo haremos para su cumpleaños personal, pensamos en otra cosa más simbólica…
  • Distribuiremos cestas con aceite, azúcar y demás menesteres para los más necesitados —Dijo otro de los reunidos—.
  • Que se mueran de hambre los malparidos —sentenció el Mayor—… a quien le importa dar de comer a esta gentuza de canallas, al mar ellos y su piojosa existencia…

Mientras el Mayor se despachaba a gusto se oyó desde el fondo oscuro detrás de la única mesa  de la taberna una voz diciendo: “montamos un retrato digno al Excelentísimo”. No se sabe exactamente quien lo dijo, ni de dónde procedía la frase. Solamente se la reconoce con la “Voz”.

Era siempre así. Las decisiones capitales se tomaban en esta taberna. Era el espacio más  sucio de la ciudad, pero quizás el más importante entre todos. A nadie se le pasaría por la cabeza que el destino del país se entreteje desde tan vil, podrido y putrefacto lugar. Pero es así. De vez en cuando, sobre todo cuando es “asunto mayor del Estado” se reúnen los más importantes jefes en este lugar para discutir a gusto lejos del estrés de los despachos. Bueno, al fin y al cabo los “asunto mayor del Estado”, eran generalmente macabras maniobras, viles como la taberna. Eso explicaría en gran parte la insistencia en este podrido lugar. “Bah… no era tan podrido” —solía repetir el Mayor. En todo caso, podrido o no, los más distinguidos responsables del Estado siempre terminaban su rutina diaria en esta taberna. Hoy también lo fue el caso.

Los tres más altos responsables habían venido un poco temprano. El asunto era mayor, por eso querían ganar un poco de tiempo. El espacio era solitario. La dueña después de despedir al último de los clientes habituales del lugar, tuvo reparo en apagar todas las lámparas —no lo hizo tanto para la higiene—. Sabía que los jefes iban a venir, por eso les dejó una mesa en el centro con sus bebidas favoritas bien puestas. Encima había una lámpara colgante que más que iluminaba, acentuaba la melancólica penumbra del lugar. Había más oscuridad que luz. El extinguido círculo de luminosidad iba disminuyendo hasta desparecer en los rincones de la taberna. Era difícil distinguir lo que pasaba en la única mesa. Probablemente por eso, nadie sabe exactamente lo que se traba en esta taberna oscura, como tampoco se sabe precisamente de donde procede aquella misteriosa Voz. En todas las discusiones agrias, como la de ahora, se la oía con claridad recomendando tal o cual perspectiva. En fin, no era el único misterio en este país. Los jefes que solían reunirse por “asunto mayor del Estado” allí, tampoco lo sabían. Parece que no les importaba saberlo. Siempre terminaban ejecutando lo que mandaba la Voz y lo que dictaba era todo:

  • Haremos el maldito retrato —sentenció contundentemente el mayor de los jefes—.
  • ¿Y como lo haremos? —se preguntó tímidamente el Menor—, ¿Tienen alguna idea de cómo íbamos a hacerlo?…
  • Eso es trabajo de los políticos —le interrumpo el Mayor—… Ellos sabrán cómo.

El caso se convirtió efectivamente en un asunto de mayor envergadura. Así el dirigente del partido mayoritario, tras una tarde llamada, convocó una Asamblea Extraordinaria del parlamento. La decisión era aprobada unánimemente, y la ley promulgada explicaba la sugerencia de la Voz en términos de “obligación nacional”. Todos los ciudadanos libres, que no lo eran tanto en asuntos como este, tenían la “patriótica obligación de participar en el acto” —como insistía el texto.

Después de las maratónicas reuniones, se organizaron comisiones y se elaboraron planes para hacer el mejor retrato en la historia de la nación. Los artesanos, con sus materiales nobles, los artistas con sus exquisitas plumas, los poetas con sus refinadas palabras, y otros grupos más estuvieron en tales reuniones. Todo el mundo estaba invitado a participar en la planificación y ejecución de la “odisea jamás vista de la nación” —como decía el titular del informativo—. Algunos diplomáticos tuvieron la ingeniosa idea de enviar emisarios y embajadores a países lejanos para buscar ideas, materiales y artistas que pudieran ayudar en armar el “Retrato”. Hubo el caso de que el más paupérrimo sintecho, el de la miserable esquina trajo sus hedientos harapos y los ofreció a la comisión como contribución personal. En la fila llegó a acodarse con el militar que traía su reluciente medalla y su dorada y estimada estrella como ofrenda. Nadie podía faltar.

Los arquitectos idearon la construcción de una ingeniosa escuela de arquitectura para formar edificios y ciudades a imagen del futuro Retrato. Los alcaldes y sus modestos funcionarios hicieron todo lo posible para colocar los primeros modelos del retrato en cada calle, en cada plaza y en cada casa. Incluso había quienes lo pusieron voluntariamente en cada habitación de sus casas. Era una señal de adoro y de respeto a la figura del Excelentísimo. Nadie podía saltar la, ya castigada duramente como insulto a su figura, norma. En los negocios y en las escuelas se saludaba maquinalmente el primer modelo elaborada para la ocasión, antes de empezar el trabajo o los estudios. Aquellos niños traviesos que no mostraban la debida obediencia en el ritual del saludo del Retrato eran castigados duramente. En la calle pasaba algo similar. El que se atrevía a faltarle el respeto, recibía uno ejemplar. Hubo unos desafortunados o atrevidos que por ignorancia o por premeditación perpetraron el mayor agravio de su vida faltándole respeto al Retrato y fueron duramente sancionados por las autoridades. La prensa escrita recogió la noticia, en su primera página, de la crónica de juzgado del “lamentable agravio contra la odisea jamás vista de la nación”. Se trataba de un transeúnte que fue detenido infraganti desnudándose ante el Retrato y por eso fue juzgado ejemplarmente por su “intención de alterar el orden mediante gestos obscenos” —decía el acta policial—. Lo que no se dijo ni en el medio ni en el acta era que el hombre era un analfabeta cualquiera, uno de los tantos en este país, que mientras tomaba su libertad por una llamada urgente de la naturaleza, fue sorprendido por una furgoneta de policía. En el relato oficial se le había declarado como el mayor  disidente y un “kafir” decían las autoridades religiosas. En todo caso era uno de los “khich bich” —como los llamaba el Mayor— con una vida insignificante y por lo tanto “¿Qué les daría más ir a parar en la cárcel?, completan el decoro y para eso sirven” —comentaba el alto dirigente en casos como este—.

En los distinguidos ambientes intelectuales y académicos no faltaban debates sobre la forma de tal Retrato. Como siempre, en estos ambientes tendentes a atrincherarse con facilidad, cada grupo resaltaba unas determinadas significaciones, símbolos o colores de lo que debería tener el Retrato. Mientras que los intelectuales en sus torres de marfil debatían el significado de la sonrisa, el simbolismo del color y la posición del Excelentísimo, la gente ordinaria, los nadies hacían tanto igual a su manera para darle forma a este Retrato. Entre los poblanos corrían mitos y leyendas que atribuían al Retrato poderes sobrenaturales. Las familias, por ejemplo, se esmeraban a que las parejas recién casadas, pasaran la primera noche ante la mirada atenta del Retrato. Si no lo hacían así, corrían el riesgo de que su unión se rompiera. Si la pareja quiere conseguir un niño macho, cosa tan fundamental en una pueril sociedad como esta, las abuelas se las arreglan para mesclar el semen viril con trozos de tela arrebatados del Retrato colgado en algún morabito cercano. En una sociedad donde el matrimonio era la finalidad existencial de las jóvenes, las chicas que soñaban con un novio recurrían a la magia del cuadro. La receta que había sido utilizada por muchas y que recomendaban a las nuevas era, entre otros mil rodeos, usar la sangre de la cuarta menstruación de la segunda estación primaveral como tinta para escribir el nombre del novio doscientas cuarenta y cinco veces, “ni una más, ni una menos” —solían insistir las expertas—, en un Retrato robado en una noche de viernes. Si salta una de las etapas o altera el orden, o la ve alguien queda anulado el hechizo, y la novia tendrá que esperar la próxima estación primaveral. Se proliferan los mitos y los cuentos acerca del retrato, su color y sus atributos excepcionales. En las partes apartadas del país donde no llegan ni el ruido de la ciudad ni el de los medios de comunicación circulan rumores de que hay quienes, los más predestinados claro está, tienen la capacidad de verlo en todos los lugares, o específicamente en la luna. Son personas que llegan a tal estado después de años de esmero y dedicación espiritual. Hacerlo es un motivo de distinción social, significa el acceso al rango codiciado de los “sherfa”.

Nadie estaba a salvo del debate entorno a lo que debería ser el Retrato. Incluso el grupo de los más inconformistas de la oposición hicieron de las supuestas imperfecciones del Retrato el blanco de su crítica. Los más radicales tachaban de inapropiada la posición y el traje del Jefe Excelentísimo en el Retrato, según ellos deberían haber elegido uno civil, no el repugnante militar. En fin eso creían ellos. Los más moderados, creen que debería ser un traje más moderno, y no este anticuado uniforme que ya no refleja los valores de la modernidad del país. De lo que no se daban cuenta, ni los más aliados del Retrato ni sus opositores, era que el Retrato había adquirido vida a través de sus opiniones, su mitologización y las dimensiones que cada uno le daba. Cada uno ya había forjado una imagen del Retrato, incluso antes de materializarse en el dibujo del artista elegido. El Retrato les atravesaba a todos y cada uno prolongaría su poder y su existencia, incluso antes de existir físicamente. La idea del Retrato se perfeccionaba a medida que se sumaban a su formación nuevos grupos y nuevas personas. Se volvía tan perfecto que, sin que nadie se diera cuenta ni siquiera los atentos jefes que se reunían en la taberna, del alcance de su dimensión. El Retrato es “la última expresión de nuestra condición y de nuestra esencia como nación” —se atrevían a decir, en última instancia, los filósofos. “Todos somos el Retrato” como escribió uno de ellos. En el libro explica como la imagen interiorizada de este Retrato se volvía tan gigante y con más poder, incluso superior a la foto física y a la propia figura del mismo Excelentísimo.

 Precisamente el Excelentísimo veía en el principio con admiración lo que hacia la idea del Retrato en las ánimas de sus súbditos, pero más tarde llegó a preocuparse ante el aumento desmesurado del poder del cuadro. Inicialmente él también veía con admiración el Retrato. Estaba entusiasmado, y ansiaba el día en que se lo iban a regalar. Pero, justo en la noche anterior a la ceremonia, el Jefe Excelentísimo tuvo un sueño. Y desde entonces empezó a dar vuelta al asunto y creyó advertir una amenaza. Su advertencia iba en aumento a medida que pensaba en profundidad el tema y creyó darse cuenta del peligro que le podría venir del poder que está adquiriendo el Retrato. En el sueño se veía a sí mismo solo en la sala del trono enfrentándose al Retrato. Las similitudes eran demasiado perfectas. El Retrato reproducía milimétricamente cada rasgo del Excelentísimo. El Jefe se alarmó tanto ante las raras coincidencias. Pero lo que fundamentó su temor aún era la posición invertida: se veía a sí mismo atrapado en el Retrato y lo que era su representación estaba sentado en el trono. Estaba mirándole de una manera intimidatoria, desafiante que ningún individuo se atrevió a dirigirle. El Excelentísimo sintió algo que nunca había experimentado antes. En medio del silencio nocturno, se oyó la desgarradora voz de su ahogo onírico. Al despertarse, sediento y al borde de un paro cardíaco, lo primero que hizo fue apresurarse a donde estaba el espejo. Escudriñó con temor su cara para asegurarse que sigue él mismo. En aquella noche no pudo volver a consolar el sueño. Temía ser asaltado por la misma pesadilla. Y si volvía a cerrar los ojos, las miradas de los ojos del Retrato le parecían fijativos y acuciantes. Llegó, asustado, a creer que sus propios ojos salieron de su cuerpo y se empotraron en el Retrato. En cada intento, volvía a despertarse sobresaltado y gritaba en plena noche otra vez.

No obstante, no podía decir nada a nadie. Era el Jefe Excelentísimo. “¿Cómo iba a mostrar alguna debilidad?” —decía a sí mismo, una vez recuperando la serenidad—. “Soy el Excelentísimo, al que todos tienen miedo… —pensó mientras se prepara la siguiente mañana para los rituales del aniversario quincuagésimo de su elección—, nadie y nada pueden contra mi mirada”. No podía anular las ceremonias, ni menos la entrega del Retrato. “¿Qué van a decir de mí, si sepan que soy como ellos, un ser que le afectan sus sentimientos?” —se preguntaba, cuando ya llegaba a la gran sala donde se celebraban los rituales oficiales—. “Debía mantenerme en mi postura y desafiar, como siempre, la oposición del Retrato que igual que cualquiera otra oposición en este país terminaría cediendo ante mi mirada” —dijo a sí mismo tranquilizándose, una vez sentado, y de vez en cuando saludando majestuosamente a la muchedumbre—. Persistirse en el poder tantos años era eso: cuestión de aguantar, mantenerse hasta que el opositor, tarde o temprano, sucumbiera a la tenacidad de su mirada. El Jefe no quiso saber nada —o fingió no saberlo— de la manipulación y la sistemática práctica de tortura y liquidación que su aparato ejecutaba desde medio siglo. Él veía las cosas diferentemente, los atribuía al poder de su mirada. Cuando leía en la prensa la noticia anunciando un “Otro accidente mortal” que llevó la vida de algún político, sindicalista o otro cualquiera de los nadies, los atribuía al poder mágico de su mirada. Por eso  cree que si llega a mantenerse en el poder tantos años es porque nadie tiene la tenacidad de su mirada. Y por eso también se alarmó tanto, sin decir nada a nadie, al enfrentarse a los desafiantes ojos del Retrato. Es la primera vez que el Jefe llegara a ser intimidado por alguien, aunque este “alguien” era simplemente un ficticio retrato suyo. “No es ahora momento de relajarse —pensó, mientras se acomodaba en el gran sillón—… un momento más y todo esto se acaba” —sentenció el debate interno, dando enseguida señal para el comienzo de las celebraciones oficiales—.

Estos pensamientos le valieron pasar gran parte de las celebraciones en su postura habitual. Pero, cuando al final de la ceremonia oficial el Jefe Mayor se acercó a él y en su mano el gran Retrato envuelto en dorados embalajes, el Excelentísimo volvió a ser atacado por una avalancha de ideas pesimistas. “Y si lo que presentía era cierto” —decía ya alarmado, ante los movimientos hábiles de su subordinado que venía en su dirección—. El Jefe Excelentísimo sentía su corazón palpitar rápidamente y difícilmente mantenía en control sus manos. En sus oídos y a pesar del ambiente ruidoso del festejo, el chirrido de los zapatos del Jefe Mayor acercándose llegaba nítidamente, lento, pausado y acuciante. A medida que se acercaba el subordinado, el tono del rechinar de sus zapatos aumentaba, y el temor del Jefe Excelentísimo lo hacia también. “Y si se reproduce lo de la pesadilla de anoche” —pensó en sí mismo, empezando a dudar de su capacidad de resistir. Presintió algo, se movió, o creyó haberlo hecho, pero no pudo. Se sentía atado al sillón. Pensó en agarrarlo y llevárselo con él… moverse, salir de allí, olvidarse de la fiesta, del Retrato… pero no podía. Su respiración era dificultosa, sentía las fuerzas languidecer, la vista nublar y el oído casi ensordecido. Ya no tenía consciencia de sí mismo, y el ambiente musical y el griterío parecían tan lejano. El Excelentísimo no sabía si seguía en vida o ya estaba en el otro mundo. Creía que el tiempo se había detenido.

Mientras duraba su martirio, que era ínfimos segundos, su subordinado seguía en su ímpetu de acercarse hasta donde estaba su superior. Ajeno a lo que le pasaba a su superior, venía sonriendo empujando ceremonialmente el carro dorado que sustentaba exuberantemente el Retrato. Por los cambios bruscos que empezó a notar en la cara de su superior, el subordinado no quiso acercarse más. Así en el peldaño más bajo de la escalera, se apresuró a desvelar el Retrato ante la mirada de su superior. Era un Retrato tan perfecto, tan sublime que reproduce los trazos del Excelentísimo hasta en sus mínimos detalles. No se conocía ninguno con tanta exactitud. A fin de cuentas como iba a ser imperfecto si era una obra de todo el pueblo. Orgulloso de la promesa de satisfacción de su superior, el Jefe Mayor se atrevió a acercarlo peldaños más arriba. Con un gesto seco, el Excelentísimo lo detuvo en la mitad de la escalera. Apresurándose, y sin saber las consecuencias de su cometido, el Mayor se deshizo del resto del embalaje para así liberar la plenitud del cuadro. El subordinado reposicionó el cuadro de manera que sus detalles quedaran más al grado de la vista del Excelentísimo, a fin de cuentas, era a Él a quien estaba destinada esta maravilla de obra. Con la poca fuerza que le quedaba, el Excelentísimo recurrió furtivamente la maravilla, y luego se detuvo en el detalle de los ojos. No eran cualquiera. Su exactitud era tan exagerada. Se diría un reproducción mimética que supera lo normal. Detalle por detalle sus ojos estaban milagrosamente reflejados allí. Ni el asomo de una imperfección que le haría sospechar que lo que estaba delante era solamente una copia ficticia. El Excelentísimo dudaba en un momento si no estaba otra vez en el sueño de anoche. Otra vez se apoderó de él un estado parecido a lo que sufrió anoche. Sintió una repentina nausea apoderarse de él y un mareo que se intensificaba. No podía ni respirar, ni mover los pies. Intentó levantarse, se apoyó vanamente en el brazo del sillón. Lo hizo dos veces y en la tercera alcanzó levantarse a medias. Luego sintió un vacío dentro, y su cuerpo que ya no lo obedecía. Sus temblantes piernas cedieron y el Excelentísimo cayó desplomado. Su cuerpo enorme se resbaló desde lo más alto de las escaleras. Ante la mirada sorprendida de la asistencia, la masa de carne humana iba redoblando a medida que caía hasta llegar donde estaba el Mayor con el Retrato en la mano. Los bordes inferiores decorados con piedras preciosas eran ahora el último obstáculo que detenía la masa humana. El Excelentísimo, inconsciente ya, alcanzó ver muy de cerca el reflejo milimétrico de sus señas en el cuadro. Creyó reconocer, en aquel instante agónico, la verdad que estaba detrás de los ojos, la que le causaba tanto furor y no podía explicar. Era realmente lo que le había permitido mantenerse en el poder medio siglo y que ahora, paradójicamente, fue motivo de su muerte: el miedo.

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