Abdelmounim El Amrani

Periodista de Larache

Marruecos-España

Las imágenes de los jóvenes marroquíes desesperados en las aguas del Mediterráneo, aun frías a finales de esta primavera, son duras. Muy chocantes, y aun mucho más penosas para nuestro “orgullo nacional” son las imágenes de los niños apilados como sardinas, directamente en el suelo, en los almacenes de la zona industrial de Ceuta, desiertas desde más de un año por los profesionales del contrabando. De Tánger a Lagouira, como se suele decir, nuestro sentimiento nacional ha sufrido un golpe muy duro

Los discursos de nuestros políticos acerca de nuestro ranking en el índice del “Doing business” o, de los progresos del país en materia de infraestructura y de exportación de coches, solo pueden ser inaudibles, frente al impacto causado por las imágenes que venían del norte del reino. Este norte hacia el cual afluye, cada verano, una buena parte de la élite marroquí del eje Casablanca-Rabat, y casi toda la clase media, endeudada hasta el cuello. Encuentran en ello un perfume de Al-Ándalus, una fragancia de España, un pequeño aire de la Europa mediterránea. Esta misma Europa que nos amenaza directamente, y nos ordena de respetar sus fronteras del sur. ¡Fronteras que se sitúan por lo tanto en nuestras orillas, sobre nuestras tierras!

Sin embargo, los dirigentes marroquíes han decidido utilizar este norte y estas fronteras para hacer saber a Madrid, así como a Paris y a Bruselas, su rabia en cuanto a las actuaciones del gobierno español en la cuestión del Sahara marroquí. Una cuestión por la cual la clase política española cultiva remordimientos y, una desafortunada conciencia respecto a un territorio que no supo descolonizar.

Mas allá de la nueva crisis diplomática y las relaciones difíciles entre los dos Reinos, el tema de la descolonización sigue siendo el talón de Aquiles en una España que no para de destrozarse, institucional y políticamente, desde algunos años. Un país frenado en su dinamismo por causa de anacronismos franquistas, de contradicciones regionalistas y de veleidades separatistas que tienen la vida dura.

Su élite política se crispa por lo tanto apenas que un marroquí, independientemente de su nivel, pronuncia las palabras: Ceuta, Melilla, o el Sahara marroquí. Para las dos ciudades ocupadas, esa élite sigue hablando un lenguaje repetido y viejo de más de un siglo, llamándoles con pudor “plazas de soberanía en África”. Se trata aquí claramente del sueño africano frustrado del Generalísimo Francisco Franco, que sigue vivo hasta hoy en Ceuta y Melilla. En cuanto al Sahara marroquí, los españoles siguen pensando que Marruecos les ha jugado una mala partida en 1975.

Décadas más tarde, todavía no llegan a considerar que “los moros” puedan controlar este territorio desértico, a pesar de las veleidades bélicas del Frente Polisario y de Argelia.

En definitiva, y en la espera de una salida improbable de la crisis actual, es evidente que voces razonables – en Madrid como en Rabat – deberían recordar a los marroquíes y a los españoles que están condenados a vivir juntos, y por lo tanto a hablarse. Pero, habrá que cambiar de lenguaje.