Issa Manuel Parra

Ella no encontraba motivos para la tristeza.
Para ella el mundo era un paraíso, y en su propia vida solo podía disfrutar de aquellos pequeños detalles que le alegraban su existencia.
Pero el mundo no le había devuelto los sueños con los que ella soñaba.
Veía que su esfuerzo por permanecer en un lugar donde tenía que caminar al lado de caras serias, agobiadas por un ritmo acelerado, frenético. Donde los sacrificios y todo el esfuerzo invertido parecía no llegar a su fin, no ser nunca suficientes.
Ello le inquietaba, ya que veía como la gente le criticaba por no imitar la misma angustia colectiva que seguían.
Parecía como si todo el mundo quisiera verla en la misma incoherencia en la que ellos vivían.
Pasaron los años, y sin quererlo, empezó a seguir los pasos del ejemplo de su entorno.
Y, a pesar de darse cuenta, no supo adoptar sus ilusiones en un lugar donde parecía no importarle a nadie.
Gracias a su carácter, inquebrantable, la rebeldía le ayudaba a conservar sus principios.
Hasta que un día, al despertar, con su rutina diaria de asomarse por la ventana para ver la luz del nuevo amanecer y agradecer una oportunidad más para respirar el aire fresco de la mañana, notó que aquel día algo había cambiado.
Las calles se veían vacías, los bares también se vaciaron, y la gente se preparaba el café encerrados en sus casas.
Todos los comercios estaban cerrados, la economía parecía haberse tomado un descanso esta vez.
Incluso la biblioteca del barrio, donde a ella le gustaba bajar a leer un rato permaneció cerrada.
Sus amigas tampoco salieron este día a pasear, a sus trabajos, a su vida cotidiana.
Los niños abandonaron los colegios,
nada parecía tener sentido.
La sorpresa le alarmó y el miedo se apoderó de toda una sociedad que siempre le había dado lecciones. Pero ella ya estaba acostumbrada a vivir al margen de un estilo de vida que veía destinado a no tener ningún futuro feliz.
Por un momento se detuvo, y reflexionando mientras sus labios saboreaban la taza de té que sostenía en sus manos, pensó que ahora si la humanidad tendría la oportunidad de abandonar un estilo de vida que ella nunca quiso compartir, así que, sin ninguna reacción impulsiva, volvió a hacer lo que mejor sabía que siempre funciona, respirar tranquilamente y AGRADECERLE a la VIDA tantas BENDICIONES.
Entonces recordó que su sonrisa
…que siempre había estado ahí,
ahora recobraba más vida y sentido.