Una fundación marroquí de descendientes andalusíes expulsados de España hace cinco siglos anima a Pedro Sánchez a que no los excluya de la “memoria colectiva española”.

Desde otoño pasado, el presidente del Gobierno tiene en su despacho una carta que solicita formalmente a España el reconocimiento jurídico y simbólico de los moriscos y andalusíes que fueron expulsados de la península ibérica hace más de cinco siglos. La misiva está firmada en Rabat por la Fundación Memoria de los Andalusíes, cuyo presidente, Mohammed Najib Loubaris, reclama igualdad de trato que el dispensado por el Estado español a los judíos sefardíes, a quienes sí reconoce como comunidad histórica de especial vínculo con España.

En la breve carta, de apenas página y media, la asociación morisca andalusí aplaude el decreto de 2015 que concede a los sefardíes la nacionalidad española en un gesto que representa, a juicio de la Fundación, la “reconciliación del país con su historia”. Sin embargo, agrega el escrito, “una vez más, la memoria de los moriscos andalusíes ha sido excluida de la nueva legislación y de la memoria colectiva española, a pesar de que también fueron expulsados por las mismas razones”.

Más de 300.000 moriscos españoles, según estimaciones de los especialistas, tuvieron que abandonar la península ibérica por orden de un decreto firmado por Felipe III en 1609. La mayoría fue deportada a los países del norte de África, principalmente Marruecos, Argelia y Túnez, donde se integraron en las sociedades mayoritariamente musulmanas. Muchos han conservado su conciencia identitaria a través de los siglos, como es el caso de los descendientes organizados en la Fundación Memoria de los Andalusíes.

Un siglo antes, en 1502, y diez años después de la caída del Reino de Granada, los musulmanes fueron forzados a convertirse al cristianismo en una operación impulsada por los Reyes Católicos para lograr la unificación religiosa de España. Fue entonces cuando la comunidad conversa tomó el nombre de moriscos. Muchos otros musulmanes ya habían abandonado la península ante la creciente presión de los reinos cristianos del norte. A esta primera oleada pertenece la familia de Abdelgafar El Akel, cuyos ancestros salieron de Granada con destino a Chauen, en el norte de Marruecos, antes de 1492 para huir de la inestabilidad política que hacía tambalear el declinante poder islámico del sur.

La familia El Akel ha conservado su memoria andalusí durante siglos. De hecho, aún custodia como oro en paño una antigua llave que aseguran pertenecer a la casa granadina que tuvieron que dejar para siempre en el siglo XV. No es la única prueba que atestigua su presunta procedencia española. También guardan un documento notarial con dos siglos de antigüedad que certifica el apellido Al Andalusí de sus antepasados. Abdelgafar El Akel heredó ese vínculo de pertenencia de su padre y de su abuelo, que, a su vez, les había sido transmitido por sus ascendientes. Tanto es así que obligó a sus hijos a estudiar español en el instituto de Tetuán, cuando podían haberse matriculado en francés en Chauen. Los tres terminaron inscritos en la Universidad de Granada, la ciudad de sus ancestros.

Iman El Akel estudió Ciencias Políticas y conoce toda la historia familiar de boca de su padre. “La llave era un tesoro de gran valor en casa de mi abuelo y es el único legado que conservamos de Al Andalus”, asegura a través del teléfono desde la ciudad de la Alhambra. “En mi familia siempre ha habido conciencia andalusí. Mi abuela preparaba recetas de comidas que luego reconocí cuando vine a España”. El Akel significa en árabe “el lúcido” o “el listo”. Y, según la memoria familiar, el apodo le fue endosado a sus antepasados porque tuvieron la “lucidez” de establecerse en Chauen antes de la caída de Granada. Cuando los moriscos fueron expulsados un siglo después y se asentaron en el norte de Marruecos, la familia Akel ya había prosperado en tierras magrebíes. Fuente