BOUBEKRI MOHAMMED YASSER
En la madrugada del sabado, la futura mezquita de la comunidad musulmana de Piera (Barcelona) fue víctima de un ataque cobarde y xenófobo. Individuos no identificados irrumpieron en el recinto en construcción y lo incendiaron con gasolina, provocando importantes daños materiales y sembrando el miedo entre una comunidad que lucha desde hace años por tener un espacio digno de oración y convivencia.
Este acto no es un hecho aislado. Se suma a una preocupante cadena de agresiones racistas y discursos de odio que se intensifican en diversas zonas del país. El ataque a la mezquita de Piera no solo es un atentado contra la propiedad, sino contra la libertad religiosa, la paz social y los valores democráticos que deberían prevalecer en cualquier sociedad avanzada.
Desde el Obispado de Sant Feliu de Llobregat hasta Junts per Piera, pasando por el Consulado de Marruecos y diversas entidades sociales y vecinos del municipio, la condena ha sido unánime. La parroquia de Santa Maria de Piera expresó su solidaridad con la comunidad musulmana, calificando el hecho de «violento e inaceptable». Se subraya además que los miembros de esta comunidad son personas humildes, trabajadoras, que construyen con esfuerzo un espacio espiritual para rezar y reencontrarse.
Pero no podemos analizar este episodio sin mirar más allá. Mientras en Piera arde la tolerancia, en Torre Pacheco (Murcia) se denuncian agresiones físicas contra jóvenes extranjeros, alimentadas por discursos incendiarios de líderes de Vox y la extrema derecha.
Durante un acto político reciente, José Ángel Antelo, líder de Vox en la región, no dudó en criminalizar a la inmigración, relacionándola directamente con delitos graves, generalizando y estigmatizando a toda una parte de la población.
Este tipo de discursos, irresponsables y peligrosos, no solo polarizan a la sociedad, sino que contribuyen a crear un clima propicio para la violencia.
Cuando un líder político afirma públicamente “los vamos a deportar a todos: no va a quedar ni uno”, no está haciendo política, está sembrando odio. Y el odio, como ya vimos en Piera, prende fuego.
Es urgente que las instituciones actúen. Que se investigue a fondo el atentado en Piera y las agresiones en Torre Pacheco. Pero también que se combata frontalmente la normalización del discurso de odio. No podemos permitir que desde las tribunas políticas se alimente el racismo ni que se señale a comunidades enteras como culpables colectivos de los males sociales.
Piera no debe convertirse en un símbolo del odio, sino en uno de resistencia, solidaridad y justicia.
España es diversa, plural y abierta. Y debe seguir siéndolo. Callar ante estos ataques sería ser cómplices. Hoy, más que nunca, toca alzar la voz.
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