9 de diciembre de 2022

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La ciudad de Larache en el pensamiento geoestratégico colonial español (1884-1956)

22 minutos de lectura

La Conferencia de Berlín, celebrada en 1884 por las potencias europeas para resolver sus diferencias en la gestión colonial en el continente africano, establecía una norma implícita pero extremadamente vital en la actuación colonial europea: para reivindicar la posesión de un territorio en África era necesario realizar antes una ocupación efectiva del mismo.[1] España, que proclamaba entonces sus derechos legítimos sobre el territorio de Marruecos esgrimiendo los lazos culturales y “raciales” que habían unido las costas ibéricas con las africanas a lo largo de la historia, no tenía claro cómo hacer frente a un poderoso imperio colonial francés decidido a ocupar Marruecos. Tras un complicado juego político internacional Inglaterra apoyó, a partir de 1904, el proyecto colonial español de hacerse con la franja norte marroquí. De este modo, Londres evitaba la presencia francesa en estas costas frente a su estratégica colonia de Gibraltar. [2]

Antes de establecer oficialmente el Protectorado franco-español sobre Marruecos en virtud del tratado de Fez de 1912, el 8 de junio de 1911 los españoles realizaron una expedición militar para tomar las plazas de Larache y Alcazarquivir, previo acuerdo con las autoridades locales. El bajá Ahmad Raisuni facilitó la operación militar española para obstaculizar las maniobras francesas, las cuales veía con malos ojos al considerarlas una amenaza a su poder tradicional en la región de Yebala.[3] El caudillo marroquí tenía una visión estratégica al respecto: España, como país de segunda fila en el escenario imperialista internacional, no disponía de los recursos políticos, financieros y técnicos necesarios para forjar un sistema colonial tan poderoso como para que acabara con la autonomía de los jeques locales y sus privilegios heredados. Así, la presencia española sería un mal menor en comparación con la supremacía gala.[4]

  • La simbología histórica de la Larache española: recuperación del imaginario imperial (1911-1956)

La ocupación española de la ciudad de Larache fue fruto de un vasto esfuerzo de penetración colonial desarrollado durante la primera década del siglo XX. Este proceso fue iniciado a través de comerciantes y empresarios agrícolas peninsulares atraídos por las posibilidades económicas ya señaladas por José Boada y Romeu en su libro de 1895 Allende el estrecho. En el mismo se relata cómo, tanto para él como para su compatriota el comandante José Álvarez Cabrera – quien pasó por Marruecos unos años más tarde–, Larache representaba el imaginario nostálgico del imperio hispano de los siglos XVI y XVII. Esta inclinación sentimental nacionalista y nostálgica estaba del mismo modo bien presente en la política exterior de España tras la pérdida de Cuba en 1898. En este contexto, la pérdida definitiva del imperio español de ultramar realzó la popularidad de la ciudad de Larache entre el gremio de los africanistas españoles debido, entre otras cosas, a los largos años de la presencia española en la ciudad durante el siglo XVII (1610-1689).[5] En aquella época, los franceses, quienes colaboraban con el sultán alauí Mulay ̕ Ismāʽīl, terminarían por expulsar a la potencia agonizante que era la España de Carlos II. Dos siglos más tarde, en los albores del siglo XX, la rivalidad con Francia sobre la ciudad de Lucus se repetiría en un contexto histórico diferente. España tenía, más que cualquier otra potencia, la necesidad vital de ganar la carrera imperialista respecto a Larache debido a las consideraciones estratégicas de los círculos coloniales en Madrid sobre esta plaza en concreto.

Durante una conferencia dirigida a los militares españoles en Larache, el interventor regional Sánchez Pérez, exponía las estimaciones de la autoridad militar española sobre la ciudad norteafricana, cuya perspectiva pone la historia en el corazón de la geopolítica del momento. El africanista español se dirige a sus compañeros de armas de este modo:

“Hay en la historia de Larache dos fechas sobre las que quiero llamar vuestra atención: el 21 de noviembre de 1610 y el 8 de junio de 1911. Son las fechas de las dos pacificas ocupaciones de Larache por los españoles. Larache es la única plaza de guerra del Norte de África que los marroquíes han cedido a los europeos sin lucha. Y no una sino dos veces. (…) no guiaba a los españoles ese sentimiento ataviado que tantas veces se nos ha atribuido de hacer la guerra a los moros; sino el de buscar la manera de que entre los marroquíes y nosotros, dueños de las dos orillas de esa grandiosa encrucijada del Mundo que se llama Estrecho de Gibraltar, no se interpusieron extrañas influencias, que siempre han sido fatales para los dos pueblos”.[6]

Entre las líneas de este documento militar, se puede deducir que la cúpula dirigente del Protectorado inspiraba sus valoraciones estratégicas respecto a la importancia del territorio de Larache en el dicho de Felipe II “Larache vale por toda el África”, lo que desde el punto de vista estratégico-militar no era ninguna exageración. Según explica el autor español, Felipe II, al decir que Larache valía por toda África se refería a la parte del continente con valor estratégico para el imperio español. En la costa noroccidental de Marruecos desembocan tres ríos: el Lucus, el Sebú y el Bu Regreg. Por tener cada uno su estuario junto a las localidades de Larache, Lamaamora y Salé respectivamente, las tres ofrecían buenos refugios a la piratería de los siglos XVI y XVII. De estas tres plazas, la más próxima al Estrecho y cercana a las costas españolas era la de Larache, una evidencia geográfica que permanece a lo largo de los siglos.[7]

Los militares españoles presentaron el dominio sobre la ciudad del Lucus como una garantía de seguridad para proteger los intereses de España en el estrecho de Gibraltar. Dominar Larache era sinónimo de estar presente en ambas orillas del Mediterráneo por lo que llegarían a afirmar que “(…) si Larache no hubiera sido española, el día 8 de noviembre de 1942 posiblemente en vez de encauzarse la invasión americana por Port Lyautey y el Sebú, que encaminaron el empuje para correr de Taza hacia el estrecho de Sicilia, se hubiera dirigido hacia Gibraltar”.[8] Huelga decir en este sentido, y debido al aislamiento internacional que sufría España al en el periodo posterior a la II Guerra Mundial (1945-1955), que la opción militar indicada en la cita anterior no era una pura ficción de los militares españoles, puesto que, el desembarco de Casablanca hubiera podido seguir otro camino con dirección a la península ibérica y a la caída de régimen franquista, el cual ya era impopular entre los aliados por sus inclinaciones fascistas.

De todos modos, la ambición española de hacerse con el control absoluto del estrecho de Gibraltar no es una idea original de tiempos del Protectorado. La documentación colonial esgrime este plan desde al menos el reinado de Felipe III (1598-1621) según los manuscritos conservados en la Biblioteca Nacional de España.[9] Ocupar Larache permitió al régimen de Madrid, tanto a la monarquía como durante el franquismo, proyectar una imagen de un país aún colonial poseedor de plazas de soberanía que añaden valor a su seguridad nacional y grandeza imperial. Seguramente el peso de la Historia fuera muy fuerte en la construcción de esta imagen idealizada, mientras que desde el punto de vista estratégico no fue cierta del todo. Larache era importante, pero nada comparable con Tánger, el verdadero epicentro de la actividad internacional en el estrecho de Gibraltar.

  • La obra colonial española en Larache: el desarrollo económico y urbanístico como fuente de legitimidad política.

Para comprender el valor de la plaza de Larache en la estrategia colonial española, debemos asumir el factor ideológico como un elemento fundamental en el despliegue de la acción española en el norte de Marruecos. Así, aquél estaba basado en la visión eurocéntrico-evolucionista que estaba en boga en aquellos años en el viejo continente. El Protectorado se sostenía ideológicamente por la concepción paternalista de las relaciones entre los europeos y otros pueblos. La presencia española se legitimaba proyectando un retrato social del pueblo marroquí, independientemente de su categoría, como un menor de edad necesitado de la tutela colonial para efectuar, material y moralmente, una metamorfosis indispensable para adaptarse a los nuevos tiempos.[10]

A pesar de que esta visión estaba presente en la propaganda colonial de modo general, el caso español presenta una peculiaridad cultural relevante a la hora de ejercer su dominio. A tal efecto, dos elementos resultan destacables en el discurso y la política colonial española: el mito andalusí y la hermandad hispano-marroquí. Desde el inicio de la empresa colonial española, la Alta Comisaria recalcó que la acción española en África no era ninguna obra de carácter imperialista, sino un compromiso histórico que España debe a Marruecos, con el objetivo último de devolverle el esplendor de la civilización que los musulmanes trajeron a la península siglos atrás. Subrayar la unión étnica, cultural y espiritual entre colonizadores y colonizados no era un elemento frecuente en el imperialismo europeo del siglo XX.[11]

En Larache, más que en cualquier otro lugar, este discurso era visible e influyente en la sociedad local. La ciudad había estado sometida al poder español durante 79 años en el siglo XVII (1610-1689) y fue de las primeras plazas ocupadas firmemente por las tropas españolas, que sin embargo tuvieron que luchar una década más para “pacificar” el resto del territorio norteño. La docilidad de los larachenses fue entonces explicada en las fuentes españolas como motivada por la pertenencia de sus pobladores a la misma cuna étnico-cultural de la España islámica, debido al origen morisco andalusí de una parte considerable de su población.

Muley Ahmed Raisuni, entonces la mayor autoridad musulmana del país (Yebala), nos pidió y nos apremió para que viniésemos, porque sabía que si no lo hacíamos pronto vendrían los franceses. Y los moros de Larache y Alcazar nos recibieron como libertadores. Siempre la misma historia”. [12]

El discurso de la hermandad hispano-marroquí se convirtió con el franquismo en la doctrina política del régimen protector, sobre todo, por la ayuda prestada por los regulares marroquíes a los militares sublevados durante la guerra civil (1936-1939). Las políticas del Protectorado giraron en torno a este ideal ideológico ficticio producido para legitimar un poder forastero en territorio de Marruecos: la educación hispano-árabe, la arquitectura mudéjar de estilo andalusí, la política religiosa afín al islam y las prácticas de religiosidad popular. Todo ello fue promovido para vincular la población norteña a la tutela de España de modo que “su obra sea estimada y reconocida por el pueblo hermano; que el mundo aprecie a través de ella la persistencia de los factores espirituales que constituye ese magnifico tesoro que se llama la Hispanidad”.[13]

Ahora bien, al no ser un poder nativo, la legitimidad del sistema colonial se debía sostener, por lo menos a nivel teórico, a través de la evolución de “la obra civilizadora” de España, es decir, del desarrollo técnico y urbanístico en la zona ocupada. Demostrar la superioridad del Estado español en tecnología, artes de guerra y sistemas de gestión fue la única razón para establecer la jerarquía sociopolítica en el régimen colonial. Como queda señalado anteriormente, Larache era la segunda cuidad de la zona de influencia española después de Tetuán, por lo que representaba un escenario ideal para desarrollar una intervención política, económica y cultural de grandes dimensiones.

La importancia estratégica de la plaza no tardó en evidenciarse a los pocos años de instalarse el régimen protector. La neutralidad de España en la I Guerra Mundial (1914-1918) posibilitó a la ciudad de Larache transformarse en un puerto internacional que comerciaba con los dos bandos en liza en la contienda europea. En aquellos años, la localidad era un hervidero de agentes franceses y alemanes que luchaban fervorosamente por los intereses de sus naciones, sobre todo en lo que respecta al suministro de cereales que se obtenían a través del puerto de la ciudad. Los españoles por su parte procuraron desde sus primeros años de presencia (a partir de 1914), fomentar las infraestructuras urbanas, empezando por un antiguo centro colonial llamado “Ensanche”, en el cual los edificios siguen una tipología arquitectónica hispano-árabe. Este núcleo urbano de la Larache contemporánea se articulaba en torno a una gran plaza ovalada vinculada con la medina islámica intramuros mediante una puerta histórica del siglo XV. El Ensanche de Larache es una extensión evolutiva del espacio urbano de la ciudad, presentando una continuidad física de la misma sin crear ninguna ruptura remarcable.[14] No obstante, el peso estratégico de Larache estuvo siempre ligado a su puerto marítimo, que cobraría mucho valor en la época del Protectorado con sucesivas reformas. En el año 1925, el puerto de Larache contaba con tres grúas de diez toneladas de potencia para la descarga de mercancías y un amplio muelle de capacidad nada desdeñable.[15]

Evaluar la obra económica de España en Larache, evidentemente, supera los límites de este trabajo, en el cual pretendemos tan solo dar a conocer las políticas coloniales españolas, analizando su valor estratégico en la época estudiada. En este sentido, las fuentes españolas nos ofrecen indicios de que los españoles se tomaron muy en serio el desarrollo de la infraestructura local, ya que en la prensa colonial encontramos una dura crítica a la demora en la construcción del puente de Lucus. El ensayo periodístico, cuya publicación coincide con el golpe de Estado de Miguel Primo de Rivera en septiembre de 1923, informa la opinión pública española de lo siguiente:

“Parece ser que ya existe un proyecto de puente y que consideraciones económicas son las que hacen suspender la ejecución de esta obra necesaria, que consolidaría la acción civilizadora de España, resultando lamentable que mientras se desprecian ingresos de mayor importancia en el presupuesto del Majzen y mientras el Estado protector gasta en cosas inútiles sumas muy superiores, se escatima el dinero para atenciones de innegable conveniencias”.[16]

En efecto, la corrupción en el sistema colonial era sistemática y formaba parte del funcionamiento habitual de las estructuras estatales, como nos revela el famoso desfalco del millón en Larache. Este episodio se trata de una trama de corrupción en la cual oficiales de alto rango se dedicaron a comprar fincas en la península con los fondos reservados para el suministro de la campaña militar en la ciudad, abandonado así el sufragio de necesidades básicas que los soldados españoles requerían para cumplir con sus funciones militares.[17] No obstante, las críticas de la prensa colonial respecto a los retrasos en la obra del puente de Lucus nos ofrecen una señal sobre en qué dirección iban las políticas económicas del Protectorado. Consideramos así que el avance urbanístico y técnico del territorio ocupado fue una preocupación real de las autoridades españolas por la envergadura política de la cuestión, que atañía a la legitimidad del sistema en su integridad y, más particularmente, por el momento elegido para la publicación de un contenido crítico sobre la administración de la empresa colonial española tras el Desastre de Annual de 1921.

El plan colonial de desarrollo económico en la región se basaba en la riqueza agrícola de la cuenca de Lucus. En este campo el Protectorado impulsó decididamente la mejora de los cultivos y el ensayo de nuevas técnicas de explotación. Las autoridades instalaron el llamado Campo de Experimentación de Larache, considerado por la prensa colonial la manifestación más elocuente de la obra civilizadora de España, en el cual los ingenieros agrónomos españoles realizaron un gran esfuerzo científico experimental para descubrir los cultivos que encajan con las condiciones agrarias de la región. Al lado de los cereales y leguminosas tradicionales de la zona, se impulsó el cultivo de la viña, el olivo, el naranjo, el limonero, las moreras y las algarrobas. También se introdujeron las plantas forrajeras para resolver el problema endémico de la alimentación del ganado. El Campo de Experimentación disponía de un vivero que producía árboles frutales y de sombra. En 1925, el vivero proporcionó a los colonos unos 50.552 árboles. A través de este proyecto agrícola, los ideólogos coloniales planificaban impulsar una gran industria alimentaria que evolucionaría el nivel técnico y cultural de la población larachense, en torno a vincular españoles y marroquíes con proyectos de alta rentabilidad como la sericicultura, avicultura, apicultura, etc.,[18]

Por su rica producción agrícola y por las líneas comerciales ya establecidas con la sociedad internacional de la época, la cuidad fue efectivamente, una porción del llamado Marruecos útil, el concepto elaborado por la literatura colonial francesa que delimita sobre las regiones del imperio jerifiano donde se podría instalar una obra colonial rentable en términos puramente económicos. De hecho, Larache fue la joya de la corona del Protectorado español en Marruecos. Por el puerto marítimo y la ubicación geográfica de la plaza en la mitad occidental del territorio cabileño de la zona norte, Larache fue la retaguardia segura de la actuación española desde la instalación de régimen colonial en 1912.

Por otro lado, las políticas de desarrollo agrícola en Larache se realizaron en virtud a un plan estratégico de la obra colonial empleado por la propaganda política estatal de forma masiva para lograr la legitimidad de régimen colonial y establecer el poder sin el uso de las armas. En este sentido, nos dice la prensa colonial: “siendo los propios moros los primeros en reconocer la honradez, laboriosidad extremada y pericia perfecta de sus colaboradores españoles”.[19]

  • La propaganda política y la sociedad colonial en Larache española (1912-1956)

En las tres primeras décadas del siglo XX, España vivía episodios de grave agitación social en su escenario político nacional, además de la costosa guerra del Rif (1921-1927). Las autoridades tuvieron que legitimar la empresa colonial a ojos de sus propios ciudadanos, en unos tiempos en los que la cuestión social era el quid de la pugna política en un país en el que la inmensa mayoría de la población vivía en la miseria. Convencer a las familias españolas humildes de enviar a sus hijos para morir en el norte de África no era una tarea fácil mientras la aventura colonial no se reflejase en una mejoría de las condiciones de vida en la península.

La revuelta violenta antimilitarista que tuvo lugar en Barcelona en 1909, conocida como Semana Trágica, fue motivada en primer lugar por el rechazo de los barceloneses al envío de tropas a Marruecos. La prensa colonial resume de modo literario el discurso propagandístico dirigido a persuadir a la propia sociedad española de lo útil que era la guerra de Marruecos para defender “la gloria de la nación”. En este discurso, se ve como Larache era una pieza fundamental para exponer el rostro idealizado de la empresa colonial:

Los muchos españoles que creen que el patriotismo se demuestra hablando mal de España, a los que se complacen en poner en ridículo a su Patria. (…) me permito aconsejarles que, si van allá, y están dispuestos a hacer algo más que meterse en los cafés de Melilla, Ceuta y Tetuán, para escuchar chismorreo de los que no encontraron en África la tierra de Jauja que esperaban, no dejen de hacer una visita a la Yeguada militar de Smid-el-Má”.[20] Se trata de una granja del ejército español dedicada a crear a los caballos autóctonos conocidos en las fuentes periodísticas como raza moruna o berberisca original del norte de África. El autor justifica este proyecto de índole política en que “el moro del bajalato de Alcazarquivir ha visto así que los españoles hacemos algo más que tirar tiros y colocar posiciones”.[21]

La prensa española destacó en su momento el éxito de la administración colonial en construir este centro de ganadería del equino (a partir de 1914) bien comunicado con los centros urbanos, ubicado a mitad de distancia entre Larache y Alcazarquivir, fácilmente accesible a través de la carretera de automóviles o por vía férrea. Esta propaganda colonial se hacía eco de las técnicas de producción del ganado caballar norteafricano, mediante la selección y del cruzamiento con el árabe puro. Por supuesto, las figuras militares estaban presentes en este relato de “la obra gloriosa de la nación protectora”. El teniente coronel de Caballería José Vázquez, creador de la granja equina, fue presentado como hombre de grandes talentos militares, pero que también gozaba de competencias poco comunes en el mundo de zootécnica. El dirigente español hizo así de la Yeguada de Simd-El-Má una explotación pecuaria de primer orden, en la que se procuraba el mejoramiento de los ganados lanar, cabrío y vacuno. Además, respecto al estilo y el carácter de la yeguada no puede faltar el arte y la arquitectura de un gran cortejo andalusí[22]. Al-Ándalus, el pasado común que une los colonos y los colonizados fue la particularidad real del colonialismo español en Marruecos, aunque en Larache, la ruinas de Lixus ofrecieron a los españoles producir otra narrativa de conexión con las tierras marroquíes a través de los descubrimientos monumentales de las épocas fenicia, cartaginesa y romana.[23]

La Yeguada de Simd- El- Má aprovechó en junio de 1926 la fiesta del santuario de Sīdī Sa‛īd (Larache) para montar una exposición técnica e industrial. En este acto estuvieron presentes todos los agentes de la administración colonial: el servicio de fomento, el servicio gastronómico, el servicio de obras públicas, además los autores y los ejecutores de los edificios inaugurados en el zoco de Smid-El- Má, poniendo a disposición del público trenes y tranvías especiales para transportar viajeros de Larache, Alcazarquivir y los poblados del recorrido.[24] La prensa española de la ciudad de Larache se hizo eco de las fiestas del santuario de Sīdī Sa‛īd, destacando la admiración del “indígena” por la tecnología española, cuyo elemento fue vital en la demostración de la superioridad de la nación protectora: una importante dimensión de la obra colonial no solamente entre la población local, sino también entre la élite marroquí. El hermano del jalifa, el príncipe Sī Ḥamid al-Šarif, que estaba en la ‛māra, disfrutó de un paseo aéreo desde el aeródromo del Auamara.[25]

Aun así, la dimensión más significativa de la transformación social y política en la sociedad colonial fue, sin lugar a dudas, la posición de la comunidad judía de Larache. La fundación de la escuela de la Alianza Israelita Universal en la ciudad el año 1872, supuso el inicio de la evolución sociocultural de la minoría judía que se instruyó en la educación moderna casi dos generaciones antes que la mayoría musulmana. Tras instalarse el régimen del Protectorado, los judíos marroquíes fueron la minoría elegida por las autoridades españolas para servir a la penetración colonial. De este modo, el desarrollo de la comunidad judía larachense demuestra el nivel económico que alcanzó la ciudad del Lucus en su etapa española, puesto que se trataba de un colectivo religioso culto y con excelentes contactos con la sociedad internacional, mientras en sus manos se movía la mayor parte del comercio con las cabilas de la región de Yebala.

En 1925 vivían en Larache 12.672 personas: de ellas 6.848 eran musulmanes, 3.625 judíos, a los que había que sumar unos 2.000 colonos españoles. Es decir, un tercio de la población local de la villa era de religión judía.[26]

En marzo de 1946, el diario El Avisador de Larache publicó un artículo sobre el Consejo Comunal Hebreo de la ciudad marroquí, donde demostraba el nivel de organización de la comunidad hebrea larachense, que vivía en aquellos años en pleno apogeo de actividad social, regida por métodos modernos en la enseñanza, la beneficencia y la instrucción religiosa. Todo ello, gracias a las autoridades españoles, que hicieron posible el nombramiento del juez rabínico Joseph Benaim, puesto que estaba vacante desde hacía una década.[27]

Más aún, la prensa española de la ciudad de Lucus llegó a criticar en mayo de 1951 el abandono de este Consejo a la organización de la fiesta judía de la “Hilulá”, y pidió nombrar una comisión organizativa para ocuparse de la romería tradicional del santuario judío Rebbi Yudad Yabalí.[28] De modo sistemático en la política colonial, las religiosidades populares de todo tipo, católicas, musulmanas o hebreas, encajaban perfectamente en su imaginario de sociedad colonial, compuesta por identidades religiosas segregadas; las fiestas de los santos marroquíes musulmanes y judíos fueron espacios ideales para producir imágenes y simbología de la doctrina colonial sobre la hermandad religiosa, pero bajo la supremacía católica española, como era el caso de la “Hilulá” judía:

“Musulmanes, españoles e israelitas confraternizaban en esta fiesta de fe, cuya brillantez todos los años es extraordinaria, y que han hecho famosa esta romería en todo el Marruecos español, igualándola a la celebridad del Uazán”.[29]

Esta investigación pretende exponer la realidad histórica de forma crítica, dejando margen al lector para sacar conclusiones por sí mismo sobre este pasado crucial en las relaciones hispano-marroquíes. Las fuentes sobre las que basamos nuestro análisis histórico son sólidas. Tanto la prensa como la documentación colonial, respecto a la narración de los hechos, disponen de un alto nivel de credibilidad por el carácter divulgativo de la primera fuente y, la naturaleza jurídica oficialista de la segunda, la cual en su mayor parte fue durante la época estudiada un secreto reservado del Estado español.

[1] Ramiro de la Mata, Javier. Origen y dinámica del colonialismo español en Marruecos. Ceuta: Ciudad Autónoma de Ceuta (Archivo Central). 2002. p: 29.

[2] En este contexto histórico, se hace referencia a las políticas de trueques que caracterizaban el imperialismo europeo en África en la primera década del siglo XX. Respecto a Marruecos, a cambio de reconocer su predominio sobre Egipto, Inglaterra aceptaba, en virtud de la declaración franco-británica en abril de 1904, las aspiraciones de Francia sobre Marruecos, en su objetivo estratégico de forjar un domino colonial en la África del Norte francesa. No obstante, la geoestrategia británica consistió en evitar a toda costa la ocupación francesa del territorio marroquí situado frente al peñón de Gibraltar. Una dimensión fundamental para garantizar las comunicaciones marítimas del imperio británico con sus posiciones en el Indico pasando por canal de Suez. Villanova, José Luis. El Protectorado de España en Marruecos: Organización política y territorial. Barcelona: Bellaterra, 2004. p: 42,34.

[3] En una carta que envió en fechas posteriores al general Berenguer, Raysūnī escribió: “¿Habréis olvidado lo que he hecho por vuestra nación al iniciar nuestras relaciones? ¿Habréis olvidado los servicios que os presté cuando os ayudé a ocupar Larache, Kasar El-Kabir, Azila y tantos lugares importantes más? Todo esto se llevó a cabo gracias a nuestra intervención, y sin que vuestros soldados hayan disparado un solo tiro. Ahora bien, ¿cuántos lugares de estos estaban ya ocupados por otros antes de que nuestra intervención permitiera a vuestras tropas ocuparlas sin esfuerzo y sin riesgos?” Véase Tamsamani, Khallouk Abdelaziz. País Yebala: Mezjen, España y Ahmad Raisúni. Granada: Editorial Universidad de Granada. 1999. p: 145.

[4] L. Ortega, Manuel. “Una visita al Señor de la Montaña, cuatro días en la zona rebelde”. Revista Hispano Africana. Septiembre de 1922. p: 292.

[5] Silva, Lorenzo. Siete ciudades en África: Historias del Marruecos español. Sevilla: Fundación José Manuel Lara. 2013. p: 56-59.

[6] AGA. Teniente coronel Sánchez Pérez. Consideraciones sobre la Historia de Larache. Conferencia a la Guarnición de Larache. Mayo de 1949. Fondo 15 (57). Caja 81/692. p: 2,3.

[7] Ibid., p:7.

[8] Ibid., p:8.

[9] Ibid., p: 11.

[10] Villanova, José Luis. El Protectorado de España en Marruecos: Organización política y territorial. Op. Cit. p:72,73.

[11] Maestre, Tomás. “El derecho de España a Marruecos no arranca, pues, de ningún convencionalismo diplomático, ni siquiera de la posesión por conquista; es hijo del pacto de sangre, de la hermandad, desde la cuna, entre el berberisco y el ibero. (…) No constituye Marruecos para España una colonia más o menos explotable por la Metrópoli; es tierra de su propia tierra, parte integrable de su alma nacional”. “Los derechos de España en Marruecos”. Revista Hispano Africana. Mayo de 1922. p: 140.

[12] AGA. Teniente coronel Sánchez Pérez. Consideraciones sobre la Historia de Larache. Conferencia a la Guarnición de Larache. Mayo de 1949. Fondo 15 (57). Caja 81/692. p:28.

[13] García Figueras, Tomas. Marruecos (la acción de España en el Norte de África). Madrid: Ediciones Fé. 1939. p: 290.

[14] Machado, Alejandro (coord.) et al. La ciudad colonial y la cuestión de la vivienda: Tetuán-Larache 1912-1956. Sevilla: Universidad de Sevilla. pp.52-55.

[15] “Los dominios de España en África”. Revista Hispano Africana. Agosto-octubre de 1926. p:19.

[16] Martínez de Campos, Arsenio. “De Larache a Tánger”. Revista Hispano Africana. Septiembre-octubre de 1923. p: 247. (el artículo fue redactado en Tánger, octubre de 1922, publicado posteriormente en la fecha indicada).

[17] El caso fue revelado por el capitán Jordán en 1922. Silva, Lorenzo. Siete ciudades en África: Historias del Marruecos español. Op. Cit. p:71.

[18] “Los dominios de España en África”. Revista Hispano Africana. Agosto-octubre de 1926. p: 20.

[19] Ibid., p:21.

[20] Cabrera, Ángel. “La Yeguada de Smid- El- Má”. Revista Hispano Africana. Junio de 1922. p:194.

[21] Ibid.

[22] Ibid., p:197.

[23] Las excavaciones arqueológicas en Lixus llegaron a descubrir: la Acrópolis, un templo de Venus, un trozo de muralla romana y los restos de las necrópolis fenicía, cartaginesa y romana; entre los objetos monumentales de extraordinario valor artístico y arqueológico encontramos una preciosa colección de terra sigilata (tipo de cerámica romana de color rojo brillante), un trozo de mármol de Apolo y una cabeza del dios Neptuno. “Los dominios de España en África”. Revista Hispano-africana. Agosto-octubre de 1926. p:19.

[24] AGA. Informe del jefe de la Oficina Central de la Intervención de Larache dirigido a la IGITJ. 4 de junio de 1926. Caja (15)13.01.81/00665.

[25] AGA. El Popular. 2 de junio de 1926. Caja (15)13.01.81/00665.

[26] Silva, Lorenzo. Siete ciudades en África: Historias del Marruecos español. Op. Cit. p: 69.

[27] BNE, “El Consejo Comunal de Larache y la Sociedad benéfica Guemilut Hassadim”, El Avisador de Larache, marzo de 1946.

[28] BNE, “Ante la proximidad de la fiesta de la Hilulá”, Larache, 9 de mayo de 1951.

[29] Ibid.

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