El filósofo alemán, defensor de una renovación ética y práctica del pensamiento, desgrana las claves de su obra en una charla en la Fundación Juan March

Divulgativo, provocador, renovador y entusiasta, Markus Gabriel (Remagen, 1980) no es solo el profesor más joven de la historia de las facultades de filosofía alemanas, con todo lo que ello implica en un país como el germano, sino que su lenguaje claro y cuajado de ejemplos prácticos y su apelación constante a la actuación filosófica más allá de la teoría y las aulas le han convertido en uno de los pensadores más relevantes de nuestro tiempo.

De visita en España, donde ha recalado como asesor del nuevo Centro Internacional de Neurociencia y Ética (CINET), creado por la Fundación Tatiana Pérez de Guzmán el Bueno, el filósofo ha desgranado en una charla en la Fundación Juan March junto a José Luis Villacañas y Ernesto Castro las claves de su pensamiento, adscrito a la corriente filosófica acuñada como Nuevo Realismo, que cuestiona las interpretaciones totalizadoras del mundo procedentes del materialismo, el naturalismo y el funcionalismo.

“La humanidad entera está viviendo una situación extremadamente filosófica, pues nos encontramos en crisis a varios niveles. La pandemia, la crisis climática, la crisis geopolítica en Occidente, la crisis del humanismo frente a la inteligencia artificial, la crisis del saber, la de la esfera pública…”, enumera Gabriel, que habla nueve idiomas, en un español espléndidamente pulcro con giros coloquiales y un sonoro acento. “Y por eso es más necesaria que nunca la filosofía”.

Saber qué es el hombre

Tal y como la entiende el pensador, “la filosofía es una intervención en lo que en alemán se llama el Zeitgeist, el ‘espíritu de la época’, que podemos definir como un conjunto de falacias aceptadas en un momento dado de la historia. La función de la filosofía es aclarar y desmenuzar los presupuestos y los prejuicios de la sociedad. Y esta época necesita mucha filosofía, como ocurrió, por ejemplo, en el siglo XVIII, porque ya no sabemos quiénes somos ni quiénes queremos ser”, sostiene.

“Para planificar el futuro necesitamos instituciones y gobiernos que respondan a la cuestión de qué sabemos del hombre hoy”

Responder a estos interrogantes es, a su juicio, el fin último del pensamiento. “La cuestión más importante de la filosofía, como ya decía Kant, es saber qué es el hombre. En este momento de la historia, lo que necesitamos son instituciones, fundaciones, gobiernos… cuya meta sea responder hoy a la cuestión de qué sabemos del hombre, para poder deducir presupuestos para una filosofía del futuro”.

En este empeño se ha centrado buena parte del trabajo de Gabriel en los últimos años como defensor del Nuevo Realismo. Libros como Por qué el mundo no existe, Yo no soy mi cerebro y El sentido del pensamiento —todos editados en España por Pasado & Presente— enarbolaban una encendida defensa de la realidad contra todos sus enemigos, desde los heraldos del agotado posmodernismo hasta los extremismos políticos teñidos de utópicas irrealidades, pasando, cómo no, por esa realidad virtual que pretende suplantar al mundo.

Cara y cruz de lo posmoderno

Justamente se muestra muy crítico con la idea de posmodernidad, “un modelo de pensamiento paradójico, pues su punto fuerte es al mismo tiempo su punto débil”, opina. Lo que Gabriel alaba de la corriente dominante aún hoy en la sociedad —aunque superada en el mundo académico— “es el pluralismo. Vivimos en democracias liberales, en sociedades pluralistas donde hay varias maneras de vivir bien y cada uno puede elegir la suya. Lo importante, aunque sea algo universal, se concretiza en cada vida de manera independiente”, y eso es el culmen de la aspiración occidental de libertad e independencia individuales”.

“La posmodernidad es un pensamiento paradójico que nos lleva a caer en el relativismo, a considerar que no existe lo universalmente importante”

Sin embargo, el filósofo advierte de que, yendo a la contra de este mundo líquido y globalizado en el que moramos, “el gran problema de la posmodernidad es justamente la negación de la universalidad. Para un pensador posmoderno todo es histórico, contingente, dinámico, frágil e inteligible. La realidad, desde el punto de vista del posmoderno es algo que nunca llegamos a conocer tal y como es”, explica.

“Y eso es un gran punto frágil, porque nos lleva a caer en el problemático relativismo: la idea de que ni siquiera existe lo importante. Y la negación de lo importante nos libera por un tiempo, pero tras tantos años de posmodernidad hemos advertido que es una ilusión. La posmodernidad es hoy ilusión de una ilusión”, resume.

Hacia una nueva ilustración

Lo certero de su análisis crítico no se queda simplemente ahí, sino que Gabriel ofrece propuestas de cambio. En concreto, lo que ha dado en llamarse Nueva Ilustración, una forma de pensamiento y actuación encaminada a “vivir bien” que centra su último libro traducido en nuestro país: Ética para tiempos oscuros. Valores universales para el siglo XXI. “Esta Nueva Ilustración tiene tres dimensiones. Primero, el humanismo, siempre anclado en el Renacimiento y que presupone una cierta autoconcepción del ser humano como tal”, explica.

“Un pilar de la Nueva Ilustración es reconocer que los hechos morales son comunes siempre a todas las épocas y todos los lugares. Nunca son relativos”

“Después, viene el realismo, que también afecta a la ética. Debemos reconocer la existencia de hechos morales, que para mí son una respuesta verdadera a la cuestión de lo importanteUn hecho moral nos dice lo que tenemos que hacer o no hacer simplemente en virtud de la propia humanidad que compartimos con todos los seres humanos del planeta”, defiende Gabriel, para quien la tercera pata de este trípode es “el universalismo. Es decir, los hechos morales son comunes siempre a todas las épocas y todos los lugares. No son relativos”.

Y se lanza a poner un ejemplo: “la esclavitud ya era un mal radical cuando Aristóteles la negaba. Aristóteles defendía la esclavitud como necesidad para los filósofos, pues decía que para que nosotros podamos trabajar, alguien tiene que preparar la comida… Lamentablemente, Aristóteles se equivocó, ya que hay otras maneras más justas de organizar la sociedad”, apunta Gabriel. “Lo que cambia hoy son las condiciones de saber. Los hechos morales están siempre entrelazados con otros: económicos, culturales, epistémicos… Las culturas del pasado no conocían muchas cosas, pero hoy estamos en plena sociedad del saber, y como los hechos morales son los mismos, la Nueva Ilustración requiere una cooperación con otras dimensiones de la sociedad: la ciencia, la política, la economía…”, reclama.

Ocupar el centro de la discusión

¿Suena a las típicas palabras de pensador que quedan estupendamente en negro sobre blanco o dichas desde un atril pero que ahí mueren? Nada más lejano al hacer de Gabriel. Todo este aparataje teórico sirve de cimientos a la parte práctica de su actividad. “Entre otras cosas, colaboro con varias empresas de Inteligencia Artificial, como Deloitte y otras multinacionales. Las que tienen realmente el poder”, afirma. “Por ejemplo, hemos conseguido financiación del estado alemán de Renania del Norte-Westfalia para un proyecto encaminado a estudiar y aplicar la ética en el campo de la Inteligencia Artificial. Las grandes empresas como Telekom, nos surten de datos anonimizados para estudiar los prejuicios en la recopilación de datos y muchos otros elementos”, detalla el pensador.

Además, el catedrático dirige otro proyecto en el The New Institute de Filosofía de Hamburgo —institución recién inaugurada con financiación bimillonaria— “en el coopera Facebook y discutirá con nosotros sobre qué y cómo se publica en su red”. Afirma Gabriel que este interés por introducirse en los contextos empresariales y políticos “nace de ver cómo se puede conversar con los que ya tienen el poder, pues rechazo la posición de oposición. No creo en la filosofía como oposición al mundo. En la Nueva Ilustración, los filósofos deben estar en el centro de la discusión, no comentando lo que ocurre desde fuera”, defiende.

“Hay cosas difíciles, como manejar una pandemia, y la función de las instituciones es discutir el tema desde varios puntos de vista sin que la sociedad se destruya”

Eso sí, el pensador reconoce que, en determinados lugares, como Alemania —donde programas filosóficos ocupan horario de prime time en la televisión— es más sencillo. “Las instituciones son realmente fundamentales desde el punto de vista de la ontología social, de la disciplina filosófica que estudia los hechos sociales. ¿Cuáles son las condiciones para que algo sea social? Yo creo que lo social es una combinación de disensos respecto a un objeto. Hay cosas difíciles, como manejar una pandemia, y la función de las instituciones es discutir el tema desde varios puntos de vista sin que la sociedad se destruya”, opina.

Esa visión de lo social y esa “cultura del disenso” suenan bastante utópicas en España, donde una vez más, la Ley de Educación arrincona y desprecia la Filosofía y el resto de Humanidades.  Una realidad sobre la que Gabriel no se corta en opinar. “Lo que me han contado que ocurre en España con la Filosofía en el mundo educativo es simple y llanamente un crimen contra la humanidad. Y estoy hablando en serio”, recalca sonriendo.

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