por MUSTAFÁ AKALAY NASSER

Doctor en Historia del Arte
por la Universidad de Granada y urbanista por las
universidades París VIII (Saint-Denis) y París IV la
Sorbona, así como por la Escuela de Caminos de
París. Asimismo, es profesor asociado y coordinador del programa Erasmus París-Andalucía del
Instituto Tecnológico Universitario Saint-Denis
(Université Paris Nord XIII), y miembro investigador
del Observatorio de Prospectiva Cultural-Hum 584
de la Universidad de Granada y del Patronato de la
Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Sus
actividades de estudio e investigación las ha ido
compatibilizando durante estos años en áreas
relacionadas con interculturalidad e ingeniería cultural.

“Pero aquí abajo abajo

Cerca de las raíces

Es donde la memoria

Ningún recuerdo omite

Y hay quienes se desmueren

Y hay quienes se desviven

Y así entre todos logran

Lo que era un imposible

Que todo el mundo sepa

Que el sur también existe.”

Mario Benedetti.

En una de sus reseñas de libros sobre Marruecos, en el Suplemento Babelia, Miguel Ángel Bastenier, el que fuera subdirector de EL País y consumado analista político, escribía lo que sigue:

“Hay dos países en el mundo que han influido en que esa cosa que llamamos España exista tal como hoy la conocemos. Uno de ellos está razonablemente reconocido en esa función de guía y referencia casi siempre malquerida, y es Francia; el otro, medio secreto, deliberadamente maltratado y como de mucho menos postín, es Marruecos, puede haber un tercero, que es Portugal, pero hay más que de influencia quizá cabría hablar de paralelismo y proximidad de identidades. Pero, Marruecos es, básicamente, lo que la gran mayoría de los españoles no quieren ser aquello con lo que no se identifican hasta el punto de la ofensa, y, sin embargo, hay extraordinarias probabilidades de que corra más sangre bereber, árabe, norteafricana, marroquí, por nuestras venas, que, de ninguna otra nación o colectividad, pueblo existente en el mapa contemporáneo”.

Allá y a comienzos de este siglo, el gran escritor canario D. Benito Pérez Galdós, escribía en su Aita Tettauen:

“Y es que el moro y el español son más hermanos de lo que parece. Quiten un poco de religión, quiten otro poco de lengua, y el parentesco y aire de familia saltan a los ojos. ¿Qué es el moro más que un español mahometano ¿Y cuántos españoles vemos que son moros con disfraz de cristianos?”

Y puede también que nadie haya hecho más que el profesor universitario y periodista José Carlos García Fajardo por reivindicar esa hermandad en su libro: Marrakech, una huida. Libro de vivencias de un viaje donde su autor mezcla un conjunto de relatos que tienen una raíz en común: el viaje de huida, o, mejor dicho, el viaje iniciático a Oriente (Marruecos). El viaje es el motivo axial del libro, lo que vertebra todos sus capítulos, que son 20 en total. Aunque a la cohesión narrativa contribuye también el tránsito de las vivencias del autor, de una u otra historia como en un continuo fluir.

A lo largo del libro, el autor nos hace descubrir que el sur también existe, nos adentra en nuevos horizontes y territorios tales como los valles presaharianos, los oasis, aldeas representativas del Marruecos rural, donde los conocimientos ancestrales se conservan todavía hoy y permiten a sus pobladores sacar partido a una topografía frecuentemente agreste.

Según Fajardo, nuestro vecino Marruecos, como país norteafricano, constituye a las puertas de Europa, uno de los lugares más relevantes de la arquitectura del tapial, como atestiguan sus ciudades denominadas “imperiales”, sus pueblos fortificados o casbas que son verdaderas obras de arte y de un valor patrimonial indiscutible que mujeres y hombres anónimos han ido erigiendo a lo largo de la historia. En el Marruecos presahariano, la arquitectura de tierra resultado y fruto de la sabiduría popular colectiva forma parte esencial de un sistema integral donde los modos de vida y el cultivo del oasis completan la definición de un modelo de vivienda tradicional de indudable interés sociocultural. Es una arquitectura sostenible asentada en tradiciones vernáculas y a la lógica del lugar.

En la actualidad, todavía se conservan gran parte de las costumbres ancestrales que dieron sentido a este modo de ocupación del territorio. No obstante, las necesarias transformaciones que se están produciendo en el entorno del pueblo bereber, están ocasionando el abandono paulatino de los poblados y de las técnicas constructivas con tierra, lo que supone una pérdida irreparable de este importante legado arquitectónico, etnológico y ambiental.

El concepto de arquitectura del tapial va unido a una construcción anónima y preindustrial, resultado de la sabiduría popular colectiva, que según el etnógrafo francés Laoust, habría sido importado (el tapial) de la península ibérica, si bien parece más lógico pensar tanto los iberos como los bereberes aprendieron de los fenicios esta técnica constructiva. La arquitectura del tapial conoce su mayor apogeo en la época de Al- Ándalus y constituye una de las manifestaciones más ingeniosas y llenas de vitalidad del arte de construcción de finales de la edad media, tuvo arraigo en España en cuya arquitectura vernácula ha venido ejerciendo su influencia más o menos veladamente, hasta prácticamente nuestros días.

El autor en sus siguientes relatos de viaje, nos acerca también al prototipo o modelo de ciudad islámica que es “La Medina”, un ejemplo de civilización urbana que se ha conservado intacto frente a la ciudad europea de corte geométrico. José Carlos García Fajardo, como todo antropólogo del espacio  que se precie, recoge el convivir diario de la ciudad musulmana, escenas que conllevan toda la magia de Marruecos y sus inconfundibles plazuelas que surcan las medinas, siempre escondidas del sol y del calor, y siempre en busca de fuentes naturales, sin cuyo sonido musical es casi imposible entender el urbanismo hispano-musulmán o mejor dicho, el urbanismo jalduniano, sonido que le fue donado a Granada y que el genio constructor de Youssef Al-Nassar habría de eternizar en El Generalife y en La Alhambra. Estas plazuelas nacen o se hacen a sí mismas, por la confluencia de varias callejuelas, ejemplo del Barrio Karawiyin o Barrio andalusí de La Medina de Fez, lugares mágicos que son retratados con la precisión de un Titus Burckhadt, gran islamólogo y autor del clásico Fez, ciudad del islam por nuestro narrador vigués José Carlos García Fajardo.

El autor, es en efecto un enamorado de la civilización musulmana tanto desde el punto de vista artístico, histórico como desde el filosófico y místico, habiendo dedicado gran parte de su libro a acercarse a una sociedad tan hermana y cercana como la sociedad marroquí:

“Se escucha a lo lejos la melodía de un canto popular. ¿África? ¿España? El porvenir de Europa está en África; los más próximos hermanos de los españoles están pasando el Estrecho, aquende el Atlas” dixit Azorín: el paisaje de España visto por los españoles.