por MUSTAFÁ AKALAY NASSER

Intelectuales como Anouar Abdelmalek, Mohamed Arkoun, Hicham Djait, Mohamed Abid Aljabri, Bensalem Himmich, Edward Said, Fouad Zakaria, Georges Corm, Mohamed Choukri, han tratado de ofrecer nuevas formas de ver Oriente desde Oriente. Destruir Oriente en tanto que noción llena de clichés o estereotipos, de profundizar y hacer visible la diversidad de matices en la palabra Oriente y en la imagen monolítica y torpe que proyecta el romanticismo.

“Durante los últimos estertores de muerte del romanticismo y las primeras décadas del siglo XX, con las artes nuevas nace un gusto – las más de las veces mal gusto- por lo exótico, por el Oriente. Matisse, Delacroix, Gaudí y Picasso se inspiran en estéticas del tercer mundo, aunque no siempre con fortuna. Salones de café turco, chales, pipas de opio y hashich, biombos y más tarde, películas como Casablanca dan al mundo árabe una muy colorida estampa llena de señores con chilaba y un pollo en la mano izquierda, muy folclórico y muy bonito. Sin embargo, tópicos aparte, no consiguen penetrar en el alma y en el espíritu de los colonizados, y menos conocer sus tradiciones culturales. Ya se sabe, Europa sólo tiene una vocación ecuménica y salvadora, con su moral y su cultura por delante…; Ciñéndonos al mundo árabe , se deja ver con toda claridad la profunda  convulsión que el colonialismo ha casuado.Los valores de una sociedad tradicional han sido barridos  y sustituidos por de una sociedad distinta  y por fuese poco , prepotente: Europa .Un occidente que ha querido verse así mismo más culto , más civilizado  y rico frente a pueblos destrozados por la miseria , la ignorancia  y desgarrados por la dependencia política. [1]

En junio de 1996, El Bukowski rifeño Mohamed Choukri publicó un texto de memorias en árabe demoledor  sobre Paul Bowles y su destierro en Tánger[2], donde haciéndose pasar por Edward Said, desarrolla una crítica radical contra el orientalismo como discurso construido por el líder de la generación Beat el dandy Bowles que en  sus novelas  destila la superioridad del hombre blanco y un rechazo militante  al marroquí  que ha de sentirse extranjero en su casa. Es una relación de poder, construida sobre la sumisión del autóctono al fuerte imaginario blanco asentado en la superioridad occidental de un nosotros enfrentado a un ellos.[3]

No hay necesidad de engañarnos: el otro seguirá siendo el extraño, y Bowles nunca renunciará a su americanidad. Nació estadounidense, seguirá siendo estadounidense. No está destinado a integrarse en la sociedad tangerina. Mucho más, asume e incluso reivindica su integración imposible. Acepta plenamente su distancia con los demás sin desear nunca aplacarla o anularla: “Desde que vivo aquí, acepto este país como es. Pero no pasa un solo día sin que piense: Gracias a Dios no soy marroquí. Me siento protegido por mi nacionalidad estadounidense.» Como le declara a Robert Briatte en su biografía,[4]

El discurso orientalista vehiculado por Bowles ha fracasado como instrumento de poder que sostiene la empresa del colonialismo y el paternalismo. La imagen de Oriente, en este caso Tánger, está compuesta por fragmentos intertextuales, superpuestos como un filtro, es una figura construida.

“En este pasado siglo veinte, Tánger ha ejercido particular atracción sobre numerosos escritores extranjeros que pasaron por la ciudad o que vivieron parte de su vida en ella. Tantos han sido aquéllos que se puede hablar de “colonización literaria”, según la expresión acuñada por Marie-Haude Caraës y Jean Fernández en su ensayo “Tánger o la deriva literaria, ensayo sobre la colonización literaria de un lugar: Barthes, Bowles, Burroughs, Capote, Genet, Morand”, colonización no violenta pero con efectos perversos puesto que contribuyó en cierta medida a la negación de la identidad propia de la ciudad y a la elaboración de un mito literario en el cual aquélla aparece como abierta y cosmopolita, como lugar de todos los posibles. En la mayoría de las obras escritas en Tánger, la ciudad en si no interesa pese a que está erigida en lugar iniciático, especie de finisterrae al que el escritor acude en busca de la revelación de su propio ser. La ciudad –espejismo- funciona como pantalla neutra que proyecta un yo desconocido y a veces inconfesable. El encuentro de la ciudad con el autor se podría cifrar en la fórmula: “yo y la ciudad” como lo corroboran los numerosos textos autobiográficos que se producen en el puerto internacional…” [5]

Dicho orientalismo, nacido de la mirada occidental sobre culturas evolucionadas y cultas detenidas en el tiempo y minadas por el colonialismo y más en particular sobre el mundo árabe ha sido denunciado por Edward Said en lo que sigue:

“Entre 1815 y 1914 Europa pasa de ocupar el 25% de la superficie de la tierra al 85. Antes del XIX la palabra orientalismo es usada apenas para referirse al mundo bíblico, poco después abarca todo el espacio a dominar o dominado por los europeos desde el África musulmana hasta Japón. El fondo del juego es el pillaje y el poder colonial, la India y la ruta a la India de los ingleses, el Norte de África de los franceses, la decadencia del Imperio Otomano… Todo ello va unido al aumento de la curiosidad, y mucho más que la curiosidad, de estadistas, administradores coloniales, geógrafos y militares, novelistas, poetas, pintores, viajeros, científicos. Entre todos ellos se reelaboran viejas fórmulas, se inventan otras. Las rivalidades coloniales se difuminan en la aparente inocencia del conocimiento. Del parto de los montes surge un ratón: el orientalismo. Delante de él esta, en la mesa de disección, el glorioso invento del “oriental”, detrás, otro invento: el “occidental”. No surge el uno sin el otro. No importan las diferencias en ese supuesto mundo oriental, no importa que no quepa hablar en los mismos términos de indios, japoneses, birmanos, libaneses… porque frente al otro, desde el poder, no cabe otra cosa que reducir su extrañeidad, que suprimir sus parecidos que dejarlo reducido a una realidad clasificada. Detrás del “exotismo” cuantas veces no hay otra cosa que racismo más algo de lírica. Debajo de esa palabra un mundo sometido, un zoológico a reconstruir, a definir. Otras disciplinas colaborarán a ello, serán inventadas prácticamente en el mismo marco y juego, piénsese en una antropología definiendo al primitivo, al salvaje o al bárbaro, unida a la historia, por ejemplo, en la justificación de esquemas evolutivos de la humanidad en las que el último escalón son las naciones de pletóricas burguesías triunfantes que legitiman también su poder mirando al pasado, esto es al “primitivo” o al “oriental”. El orientalismo no es más que el estilo y el discurso occidental para dominar oriente.” [6]

El orientalismo es una serie de imágenes que el colonialismo occidental ha creado sobre Oriente y que se apoya en un conjunto de procesos de institucionalización. El orientalismo es un proceso de institucionalización que se refleja en la apoteósica serie de informes consulares, en los informes de viajeros, en la novelística, en los estudios etnográficos y geográficos- (La geografía se usa para hacer la guerra según Yves Lacoste)-, en los informes de guerras, en las expediciones militares y científicas, en el cuerpo de descripciones coloniales, es lo que se conoce por el saber estratégico. El orientalismo como un proceso disciplinar nos habla “de un Oriente orientalizado” y con Velo[7] que es en realidad la encarnación material de los procesos enunciativos. El Oriente es una verdad producida por el lenguaje, un lenguaje entendido en términos de Nietzsche, el referente crucial de Michel Foucault, y quien define al lenguaje como un ejército móvil de metáforas, metonimias y antropomorfismos, como una suma de relaciones humanas que han sido mejoradas, transpuestas, embellecidas, retórica y poéticamente y que luego de un largo tiempo de uso aparecen firmes, canónicas y obligatorias para la gente. En suma, el lenguaje construye verdades que son ilusiones y que hemos olvidado que lo son.[8]

Oriente ya no es -nunca lo fue- esa heteropía soñada por los pintores del XIX y del XX que “en mal d’exotisme”, y en busca de nuevos horizontes, de nuevas sensaciones, se desplazaban a este entorno geográfico llamado Oriente y concretamente el mundo musulmán.[9] Pero Oriente, no es sólo una cartografía del deseo de alteridad, radical, sexual, cognitiva, literaria, religiosa, etc.… es también una cartografía real: sus problemas son los problemas del resto del mundo. Se expresan en términos y cuestiones relacionados con lo religioso, las nociones de género y la difícil cuestión de la identidad cultural; en hechos de autoafirmación y valoración de lo tradicional desde una perspectiva evolutiva e histórica que evite las pretensiones intemporales y el victimismo demagógico cultivado por muchos de sus regímenes políticos (tiranías, dictaduras, autocracias).

La posibilidad de encontrar un compromiso con Occidente que escape a los métodos y el lenguaje unilateral para buscar la contribución mutua, en explorar formas de lidiar con los flujos imparables del choque es lo que traza el escritor Tahar Benjelloun en su ponencia “ignorancias mutuas”: “No hay choque de civilizaciones, sino de ignorancias…”

En su intervención en Granada con ocasión del coloquio internacional en homenaje a Ibn Al Jaldun, el premio Gouncourt  Tahar Ben Jelloun criticó duramente  a la periodista Oriana Fallaci. “Su libro rabia y orgullo es despreciable y reparte odio. Pero sus libros se venden muy bien porque responden a un público que está dispuesto a odiar a todo lo que venga del mundo musulmán.” No hay choque de civilizaciones, porque las culturas están ínter penetradas unas en otras. Viajan. Lo que hay es choque de ignorancias, y ahí es donde actúa el terrorismo salvajemente, que ha convertido el instinto de vida en instinto de muerte”. Luego sentenció: “El mundo árabe quiere que lo mire Occidente, pero no desde arriba o de soslayo, sino de igual a igual”.[10]

[1] Javier Ruiz López Puertas aborigen, Marruecos, de la artesanía al arte. Revista Puerta Oscura, n°3-4. Málaga 1986.

[2] A partir de su amistad con Paul Bowles, Mohamed Choucri escribió este testimonio, íntimo y revelador de las vivencias tangerinas más oscuras del autor norteamericano, Choukri llegó a confesar: Con mi libro sobre Paul Bowles, he matado a mi segundo padre. Mohamed Choukri: Paul Bowles, el recluso de Tánger, Cabaret Voltaire, 2012.

[3]En orientalismo, Edward Said nos ofrece una descripción esclarecedora de la formación y desarrollo de los tópicos sobre el islam y los musulmanes, que muchas veces impiden o sesgan nuestra visión. Se nos muestra ccómo estos clichés ideológicos obedecen a los intereses y estrategias del poder dominante y señala la dificultad para el mundo occidental de pensar sobre oriente si antes no se logra romper esos prejuicios que distorsionan nuestra lectura. Una crítica lucida como la de Said resulta más necesaria que nunca (Juan Goytisolo, El País).

[4] Alain Buisine : Â l’extrême limite : Paul Bowles à Tanger, in L’orient voilé, éditions Zulma, P.243.

[5] Marie-Haude Caraës et Jean Fernández : Tanger ou la dérive littéraire, Éditions Publisud, Paris 2002.

[6]Fernando Wulff, Reorientarse. Revista Puerta Oscura, n°3-4. Málaga 1986

[7] Alain Buisine : L’orient voilé, Zulma 1993.

[8]Edward Said: Orientalismo, editorial al Quibla, Madrid, 1990.

[9]José Antonio Figueroa, 2004: Edward Said, la periferia y el humanismo o tácticas para trascender el postmodernismo, en Iconos n°18 FLACSO, Ecuador, Quito, pp.100-108.

[10]Conferencia de Tahar Ben Jelloun: Ignorancias mutuas, pronunciada en el acto de clausura del coloquio internacional Ibn Jaldun. Auge y declive de los imperios: del siglo XIV al mundo actual.

Granada 09-06-06.