José María Lizundia.

Estudios saharianos, Alhulia 2020.

Por Mustafa Akalay Nasser.

Profesor de la universidad privada de Fez

Doctor en Historia del Arte
por la Universidad de Granada y urbanista por las
universidades París VIII (Saint-Denis) y París IV la
Sorbona, así como por la Escuela de Caminos de
París. Asimismo, es profesor asociado y coordinador del programa Erasmus París-Andalucía del
Instituto Tecnológico Universitario Saint-Denis
(Université Paris Nord XIII), y miembro investigador
del Observatorio de Prospectiva Cultural-Hum 584
de la Universidad de Granada y del Patronato de la
Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Sus
actividades de estudio e investigación las ha ido
compatibilizando durante estos años en áreas
relacionadas con interculturalidad e ingeniería cultural.

Poner en alza la diversidad cultural y centrar en ella un discurso emancipador es, sin lugar a dudas, la empresa de José María Lizundia. Con avances y retrocesos nos narra en su libro: Tánger y Melilla confrontados: otros sesgos simbólicos y literarios, sus viajes a Tánger y Melilla, dos territorios frontera, donde recoge con precisión de etnógrafo, pero sin olvidar poner alma de relator en su faena de flâneur a lo Baudelaire y no de turista, es por ello que, junto a la abundante información, resultan altamente esclarecedores, los pasajes en los que describe la fascinación que ejercen las dos ciudades sobre los visitantes.

 El libro está compuesto de dos partes. En la primera parte el autor enfatiza en la riqueza arquitectónica, complejidad y singularidad de Melilla. Y resalta el empate demográfico entre musulmanes y cristianos. Melilla puede presumir de interculturalidad en mayúsculas. Una interculturalidad heredada, espontánea pero también concienciada y trabajada en los últimos veinte años. Prueba de ello la tenemos en su calendario festivo donde la Fiesta del Cordero es considerada fiesta local, conviviendo con las tradicionales fiestas cristianas como la Navidad.

José María Lizundia deja ver sus conocimientos como jurista al ofrecer una perspectiva de la ciudad viva, en constante cambio, que construye la ciudadanía. La permeabilidad, la desaparición de los departamentos estancos bien puede encontrarse en algunas de las conclusiones del autor al considerar que es la amalgama de gentes y culturas, la misma diferencia la que da unidad, un ente múltiple y único ejemplo de ciudad del futuro. Melilla una vez más se anticipa a la historia futura, a cómo serán o ya son las sociedades consideradas plurales, al igual que se adelantó y fue única en el ejercicio de la democracia para constituirse en ciudad. Observa que a través del acceso a la condición de ciudadano se asume la posibilidad de tomar parte en la marcha de las cuestiones comunes que se discuten en el espacio común de la esfera pública.

En su estancia en Melilla el abogado escritor José Maria Lizundia de tres días solo y sin guía, practicó el arte de caminar, el atrevimiento de mirar y no turismo dando razón al filósofo francés Gilles Deleuze, que sentenció que el hecho de viajar te transforma en otro: la escritura y el viaje están unidas. Cuando viajamos lejos de su morada vivimos sensaciones y experiencias nuevas, el cuerpo en movimiento significa que estamos más pendientes, vigilantes de lo que ocurre a nuestro alrededor, estamos en alerta.

Llegar a una ciudad desconocida como Melilla es excitante. Para un escritor que busca materia para hilar o tejer sus historias, la ciudad se convierte en una fuente inagotable. Cada ciudad tiene un color especial, un ritmo diferente. Se camina siguiendo itinerarios diferentes de lo habitual, derivar o deambular a lo Guy Debord el situacionista por Tánger y hacerlo en Melilla que es: un ejemplo paradigmático de espacio geográfico marcado por su condición fronteriza. Una condición fronteriza que puede ser analizada desde diferentes perspectivas. Por un lado, nos encontramos con una frontera física clara y contunde, determinada por una insularidad, aunque artificial: El mar.  

El andar por Melilla como practica estética o el atrevimiento de mirar.

A vivir la ciudad se aprende y se practica, según el sociólogo David Le Breton autor del emblemático libro: Elogio del caminar.  Esa es la teoría de la deriva, que es todo lo contrario de lo que le sucede al trabajador en su vida diaria, del trabajo a dormir. Frente a eso la deriva era totalmente revolucionaria.

Ahora en estos tiempos de prisa y de estrés yo creo que sería el momento de reinventar la deriva y de disfrutar la ciudad sin prisaspracticando paseos sin rumbo.  La deriva se presenta como una técnica de paso ininterrumpido a través de ambientes diversos. El concepto de deriva está ligado indisolublemente al reconocimiento de efectos de naturaleza psicogeográficos, y a la afirmación de un comportamiento lúdico-constructivo. El turismo es lo contrario de la deriva. Derivar es justo lo contrario de hacer turismo, aunque uno puede convertir cualquier viaje en una deriva y viceversa. Comparar ambas formas de recorrer la ciudad puede ser útil para comunicar que entendemos por deriva. La deriva implica el andar, recorrer y repensar, lejos del ávido ojo del turista, la deriva articula tiempo, paisaje y movimiento y evacua la tendencia a considerar lo urbano como espacio ocioso. Pasear por la ciudad de Melilla supone rastrear el paisaje urbano, verdadera fuente de satisfacción visual, motivo de sensaciones que apuntan hacia lo social y lo colectivo. Al pasear nos convertimos en usuarios activos, participando de dicha realidad. Las calles y plazas ofrecen un relato urbano que genera un modelo de goce apasionante y un enriquecedor esquema de aprendizaje.

Tánger internacional: El bucle melancólico o luto imposible.

En la segunda parte del libro, el autor nos presenta sus Apuntes para un análisis de Tánger en la que se prodiga de desmontar o descolonizar el discurso cosmopolita desusado ejercido por unos autores conversos a la tangerinidad, muy dados a la nostalgia exagerada y enfermiza: una especie de sensación agridulce originada por el recuerdo de una dicha perdida.  En el caso de Tánger hay una cierta elite compuesta por nostálgicos y melancólicos que añoran rememorar un Tánger remoto que no existe, una ciudad frontera que, por su anacronismo, su vocación de lugar de excentricidades y guarida del pecado pervive como imaginario orientalista. Éstos nuevos conversos más papistas que el papa y tocados por un Tánger inventado, confunden pasado con memoria, y venden a través del género negro que cultivan como literatos la idea que una ciudad se forma de su propio pasado. El pasado no existe es una reconstrucción.

El lamento de estos turistas del alma surge de la sensación melancólica de un Tánger ya perdido, una nostalgia que recoge el sentido de una ausencia, la del vacío percibido en el cambio del estatus de ciudad internacional a ciudad marroquí, la melodía que refleja el sentimiento del alejamiento de la ciudad que se fue. A través de sus libros, aluden a la memoria de una comunidad española que ni han conocido ni frecuentado. Se nota que estos autores de hoy que han hecho de la marca Tánger “un fond de commerce” en connivencia con algunos premios amañados y alguna editorial, practicando una especie de necrofilia literaria al beatificar a Ángel Vázquez y Emilio Sanz de Soto, añoran sobre todo una ciudad neutralizada, controlada por las potencias de la época, un territorio segregado y compartimentado en cuyo interior los extranjeros, sobre todo los ricos, gozaban a placer de un lugar reservado a los occidentales. Los beneficiosos por el régimen internacional gozaban hasta la extenuación en las fiestas nocturnas, de las cuales la población autóctona estaba proscrita. “Para los extranjeros que Vivian en la zona internacional, Tánger era la ciudad en la que nada estaba prohibido. En Tánger no había más leyes que el dinero y los caprichos que pudieran comprarse con él. Allí todo el mundo podía fabricarse la identidad que quisiera y vivir sin dar explicaciones a nadie. La permisividad sexual era legendaria. Los occidentales que querrían olvidar su pasado y hacer sus nuevos sueños más disparatados no tenían más que ir a Tánger. La vida, sin embargo, era muy dura para los marroquíes nativos, todos tenían que someterse sin rechistar a los caprichos de los occidentales.” (Eduardo Jorda, 2001).

El tangerino autóctono es aquí neutralizado bajo el dominio de los occidentales, sometido a una identidad asignada al servicio, e incluso a la servidumbre. (Marie- Haude Caraes-Jean Fernandez : Tanger ou la dérive littéraire, éditions Publisud 2002).

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                Para corroborar lo adelantado arriba y contener de una vez estos chikiflautas, muy activos como gente guapa en las redes exhibiendo sus patochadas, me remito al texto del escritor y periodista Eduardo Jorda sobre Tánger, la ciudad del pecado en lo que sigue: “En un ensayo escrito poco después de la independencia marroquí (hacia 1957), Paul Bowles decía :El Tánger de los bares de mala reputación, de las maisons closes, de los alcahuetes y los buscavidas, de los contrabandistas y refugiados de Scotland Yard y el FBI, el viejo Tánger que intento con valor aunque sin éxito vivir a la altura de su exagerada reputación de Ciudad del pecado , está muerto y enterrado”. Y si esto era así en 1957, ya podemos imaginar que de aquel Tánger no queda nada. La muerte del mismo Bowles, en noviembre de 1999, puso el punto final a lo poco que restaba de todo aquello. En el fondo no es que hayan cambiado mucho las cosas, solo que las circunstancias y los protagonistas son diferentes.

El contrabando sigue siendo una gran fuente   de riqueza, pero ya no es de nilón, gasolina o antibióticos, sino de inmigración ilegales y drogas. La miseria es la misma para los desfavorecidos.” (Eduardo Jorda, op.cit).

Los escritores de la beat veían a Tánger solo como un espacio salvaje y atrasado, un zoológico humano, un burdel (la colonización del cuerpo) y jamás se interesaron por sus manifestaciones intelectuales autóctonas o políticas, ni por su cultura ni lengua.

Esta obra: Tánger y Melilla confrontados: otros sesgos simbólicos y literarios puede servir a antropólogos, científicos sociales y estudiosos de la vida urbana y fronteriza; y a quienes tengan interés en profundizar en temas como la interculturalidad, la convivencia, el bucle melancólico. Destaca, pues, la amplísima bibliografía utilizada por José María Lizundia, bibliografía que por momentos abruma. Desfilan por el texto Mohamed Choukri, Ernest Junger, Peter Handke, Ángel Vázquez, Juan Goytisolo, José Carlos Cataño, Lorenzo Silva, Sergio del Molino, Randa Jebrouni, Paul Bowles, Paul Morand, Jean Genet, Eric Calderwood, Abdelkader Chaoui, Walter Benjamin   por nombrar a los más célebres.