Por Mustafá Akalay Nasser.

Profesor de la universidad privada de Fez

Doctor en Historia del Arte
por la Universidad de Granada y urbanista por las
universidades París VIII (Saint-Denis) y París IV la
Sorbona, así como por la Escuela de Caminos de
París. Asimismo, es profesor asociado y coordinador del programa Erasmus París-Andalucía del
Instituto Tecnológico Universitario Saint-Denis
(Université Paris Nord XIII), y miembro investigador
del Observatorio de Prospectiva Cultural-Hum 584
de la Universidad de Granada y del Patronato de la
Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Sus
actividades de estudio e investigación las ha ido
compatibilizando durante estos años en áreas
relacionadas con interculturalidad e ingeniería cultural.

 A lo largo del 2011, el Magreb y Próximo Oriente han conocido importantes cambios políticos, cambios que ponían fin a décadas de dictaduras. Olas de protesta y revueltas pacíficas que generaron sin excepción situaciones sociales abiertas y dieron lugar a grandes esperanzas de democratización. Una serie de interrogantes se proyecta, sin embargo, sobre este cambio político. Son cuestiones relativas a los límites institucionales y económicos de estas transiciones. Preguntas que señalan también en dirección de una crisis regional más profunda definida por el subdesarrollo, la marginalidad y la falta de integración nacional o social, o por la persistencia de valores sociales y políticos arbitrarios.

 Todas estas olas de cambio han coincidido con la implosión masiva de los medios electrónicos de comunicación. La primavera árabe ha sido una historia de hábiles redes transnacionales que se enfrentaron a unos gobernantes convencidos de que podían ignorar o suprimir brutalmente las ideas del mundo moderno.  Los movimientos de protesta que han sacudido los países árabes se gestaron en las redes informáticas y cuajaron en los espacios urbanos ocupados: Los motores fueron Facebook, Twitter y otras redes para las cuales las fronteras dejaron de existir hace mucho tiempo. Los déspotas creían que podían limitar el contagio democrático, pero descubrieron que sus estados policiales eran permeables y torpes.

El triunfo en un lapso de tiempo relativamente corto de evoluciones políticas semejantes (la tunecina y la egipcia) crea una red supranacional de intereses solidarios, de esperanzas y de experiencias que alienta cambios orientados en el mismo sentido en otros lugares. La toma de las plazas por medio de las acampadas, generó una concepción nueva de la realidad árabe. Las protestas necesitan, para poder ejercer su poder, de espacios de encuentro y de contacto. Esos lugaresson justamentelos espacios públicos.

La acampada de Sahat a Tahrir o (plaza de la liberación) nunca buscó la separación, y por eso suscitó tantos flujos de solidaridad dentro/fuera. Nunca se planteó como un afuera utópico, sino como una invitación a los indignados egipcios a luchar juntos contra la dictadura de Mubarak, rechazando viejos paternalismos y, demandando una democracia que consistiera en compartir derechos y participar en el juego político en igualdad de condiciones.

La red no tiene representantes, y esa es en gran medida su fuerza. Aquí y allá hay gente con influencia (blogueros, activistas) que funcionan como referentes, pero solo son portavoces puntuales de una inteligencia colectiva. No se piensan a sí mismos como representantes de la red y sus usuarios. Perciben perfectamente que su legitimidad se debe a que saben escuchar lo que pasa en la red. La ciudadanía anónima que vive y construye la red se mueve, más allá de fuerzas políticas e ideologías.

Cambio político reclama la sociedad civil árabe cuyos miembros anhelan ser ciudadanos y no súbditos, y decidir quiénes son los mejores para representar los nobles intereses de la población. Ha llegado el tiempo de la transparencia y de dejar que la democracia brille, sin secuestros en el Magreb y Próximo Oriente. La nueva conciencia política frente a la corrupción, el enriquecimiento de pocos a cuesta del pueblo, el clientelismo, la incompetencia, el paro,  llevaba años germinando, exige cambios sustanciales y un relevo generacional en todas las esferas del poder: un sistema político que se destaque por la participación pública y la inclusión, un gobierno representativo y responsable de rendir cuentas, receptivo a las necesidades  y aspiraciones de los ciudadanos, y al imperio de la ley y a la igualdad de derechos para todos los ciudadanos. Al afrontar el tema de la democratización en los países musulmanes, el pluralismo político en el “mundo islámico” se revela como una preocupación característica. Aunque algunos politólogos sostienen que existen factores inherentes en el Islam que imposibilitan la democracia, otros mantienen que nada en el Islam implica que los países musulmanes deban carecer de credenciales democráticas.

Hay mucha ignorancia sobre el Mundo Árabe en Occidente. Prueba de ello es que nadie pudo prever el estallido de los conflictos actuales en el sur del mediterráneo. Por si fuera poco, las explicaciones sobre su futuro inmediato oscilan entre las ingenuas, que creen que el modelo de transición europea se puede reproducir allí, y las que se dejan llevar por los estereotipos e insisten en que los países islámicos no están preparados para emprender una transición política y vivir en democracia.

Las revueltas en Túnez y Egipto en 2011 dieron pie a una oleada de transiciones democráticas, libertades políticas en países en las que el autoritarismo, la represión y la corrupción habían imperado durante décadas. A pesar de esto, gran parte de las expectativas creadas en torno a estas rápidas y heterogéneas transiciones se han visto frustradas diez años después: no se puede hablar de mejoras, sino de alarmantes retrocesos en la mayoría de estos países en transición. Las sublevaciones que sacudieron Oriente Medio y Norte de África no se han traducido en más democracia y libertad para los pueblos árabes, sino que han derivado en estados fallidos, nuevos dictadores y un auge del integrismo religioso.

“No es recomendable ser árabe en nuestros días. Da igual cómo se mire: desde el golfo Pérsico al océano Índico, el panorama es sombrío. Sin embargo, hubo un tiempo en la que las palabras: árabe, modernidad y universalismo no eran incompatibles. El mundo árabe es la región del planeta donde el hombre tiene hoy menos posibilidades de realizarse. Y más vale no hablar de la mujer. Basta con fijarse en la palabra árabe, desvirtuada hasta quedar reducida a un carácter étnico marcado por el oprobio o, en el mejor de los casos, asociado a una cultura negadora ¿Cómo se llegó al marasmo actual, quizá más intelectual e ideológico que material, pero que lleva a que los árabes crean que no tienen más porvenir que el señalado por un milenarismo enfermizo? ¿Cómo se llegó a despreciar una cultura tan viva y profesar el culto a la desgracia y la muerte”[1]


[1] Samir Kassir: De la desgracia de ser árabe, Almuzara 2014.