El impacto de la Covid-19 ha acentuado la inestabilidad y tensiones internas del Reino que, a falta de soluciones en el corto plazo, ha optado por la vía represiva y propagandística, dirigiendo la atención hacia la cuestión del Sáhara Occidental. A cambio del restablecimiento de la relación entre Marruecos e Israel, el reconocimiento hecho por Donald Trump en los últimos días de su mandato de la soberanía marroquí sobre la ex colonia española ha abierto una nueva coyuntura. Como si fuese toda una potencia diplomática, en clave harto belicosa y amenazante, multiplicando esfuerzos y recursos, no duda en arremeter ni contra la UE ni contra España, impelidos desde ahora a elegir entre Rabat o el caos.Marruecos_covid

Suministro de vacunas en Rabat, Marruecos. Jalal Morchidi/Anadolu Agency via Getty Images

Chocan las cifras de contagios de la Covid-19 en un país con las carencias, desigualdades y limitaciones sanitarias de Marruecos, donde una acentuada promiscuidad social también está al orden del día. Aún así, los baremos comunicados por el ministerio de Salud desde el comienzo de la crisis pintan un panorama casi idílico o, en el peor de los casos, cuando la realidad sobre el terreno destila escenarios sin paliativos, por lo menos siempre mejor que el de cualquiera de sus vecinos. Con una sorprendente estabilidad y regularidad en cuanto a los casos identificados día tras día, a través de hordas de medios de comunicación ya poco sospechosos de independencia, el auténtico poder no duda en poner de relieve las bondades y maravillas de sus políticas, imputando todo aquello que no va a la vertiente islamista del Gobierno, desentendiéndose de omisiones y déficits estructurales y, de paso, avivando estados de opinión contra la vigente clase política, erigiéndose la figura de Mohamed VI como cerebro y promotor, salvador de la patria y sus pobladores, frente a tan torpes políticos.

Más allá de las comparecencias de responsables y diarias actualizaciones del número de enfermos y decesos en el portal del ministerio responsable, la opacidad es la norma. A finales de febrero de 2021, con un total de 5.163.721 test realizados, sin precisar cuantos han sido PCR y cuantos de antígenos, Marruecos da cuenta de 483.410 positivos en la Covid-19 y 8.615 personas fallecidas. Además, Rabat afirma situarse en el séptimo puesto mundial en cuanto a vacunación, con 3.327.858 de individuos vacunados, 161.906 de los cuales con dos dosis, tanto de la china Sinopharm como de la británica AstraZeneca. No existe forma de contrastar los datos oficiales, ni la aplicación de los criterios de vacunación, y su vigor, ya sea por el clivaje entre el Marruecos útil, más desarrollado, y el Marruecos inútil, donde todo falta y de lo que poco se sabe; el bajo número de test realizados, cuya trazabilidad es desconocida, la imposibilidad de acceder al número de decesos, que no tiene a bien desvelar la más alta instancia estadística, el Alto Comisariado del Plan (HCP, en sus siglas en francés), o simplemente los obstáculos del grueso de población para acceder a una mínima atención sanitaria. En 2002 Marruecos instauró una cobertura médica de base, poniendo ulteriormente en marcha un seguro de enfermedad obligatorio (AMO) para los asalariados inscritos en la Caja Nacional de la Seguridad Social (CNSS) y previendo un régimen particular para los más desfavorecidos (RAMED). La situación de los inmigrantes subsaharianos en situación irregular es particularmente alarmante, denuncian desde el Grupo antirracista de defensa y acompañamiento de extranjeros y migrantes (Gadem). Casablanca, Marrakech, Beni Melal, Tánger, Fez, en las redes sociales se suceden vídeos y testimonios que dan cuenta de las condiciones a las que deben hacer frente los enfermos de la Covid-19. “Estos sistemas son harto insuficientes y, lo peor, incluso inaccesibles para la mayor parte de la población”, concluye el politólogo Anis Cherif-Alami, autor de un estudio en profundidad sobre la cuestión.

Obviadas, silenciadas o menospreciadas, las expresiones de enfado son numerosas, y enérgicas, evidenciando la fosa que existe entre teoría y práctica, entre derechos formales y reales, así como el carácter político y propagandístico de la cuestión sanitaria. La situación se antoja compleja y delicada, no cesando de multiplicarse los dramas durante los últimos meses, en el origen del goteo de protestas. Y no sólo entre aquellos que padecen la enfermedad, sino también por las calamidades vinculadas con las crisis conexas, fundamentalmente social y económica que, previas a la pandemia, la Covid-19 ha acelerado y profundizado. La premura con la que Rabat adoptó medidas restrictivas, con confinamientos, toques de queda y cierre de fronteras exteriores, en el marco de un estado de urgencia de una amplitud inédita; daría buena cuenta de que las autoridades sí son conscientes de la auténtica dimensión de la tragedia y sus inherentes riesgos para el país y clase dirigente. “Se suceden focos de tensión, movilizaciones, testimonios de impacto, que dejan bien a las claras que, jugando la carta represiva, el poder trata de ahogar cualquier atisbo de protesta sin ofrecer alternativas a la situación de desamparo de la población”, afirman desde la Asociación Marroquí de Derechos Humanos (AMDH). Para el politólogo Aziz Chahir, “el poder reprime porque teme un nuevo Hirak, como en el Rif, y es exactamente lo que ocurre, por ejemplo, en Fnideq, en el norte del país, donde el cierre fronterizo con Ceuta ha dejado a miles de personas sin su medio de subsistencia”.

Mientras se despliega la vertiente más autoritaria del poder bajo cubierta de estado de urgencia, legitimada por el omnipresente interés nacional, la maquinaria de propaganda trabaja a destajo. Brotan titulares para minimizar el impacto de la pandemia, enfatizando una inminente salida de crisis, la eficacia del proceso de vacunación y la proliferación de medidas sociales y económicas. Se buscan cabezas de turco, complots islamistas y contra la estabilidad azuzados desde el extranjero, se ataca a amigos y enemigos, sin importar, imputando a dirigentes foráneos su animosidad hacia Rabat, todo en aras de confortar las opciones del país y que aquí se hacen mejor las cosas. Se deriva la atención hacia cuestiones distintas y distantes, como miserias en las vecinas Argelia y España, disfuncionalidades de la UE o la intención de Rabat de compartir con África su savoir faire en vacunación (¡que no vacunas!). Sobresale el ocultamiento del auge de la migración irregular “local”, que apenas es mentada cuando hay que condenar “el racismo español”, poniendo el acento en el rescate de migrantes (subsaharianos) frente a sus costas o el éxodo de migrantes (argelinos) hacia Europa por la mala situación y represión de sus elites militares, apoyando sus conclusiones en análisis de Amnistía Internacional, la misma organización que ponen en la picota cuando es Marruecos el objeto de sus condenas. “Todo vale para extraviar la atención y el Reino destaca por su eficaz comunicación”, enfatiza un anónimo profesional del sector que ejerce en Casablanca.

Sáhara occidental al rescateMarruecos_Israel_EEUU

La presentación del primer vuelo comercial entre Marruecos y Rabat tras la normalización de las relaciones dipolomáticas entre Rabat y Tel Aviv. GPO/Amos Ben Gershom/Handout/Anadolu Agency via Getty Images

Y cuando se trata de anestesiar a la opinión pública sobre una realidad harto acuciante, siempre resulta eficaz dirigir la atención hacia la política exterior del Reino frente a los desafíos que plantean tan abundantes y bien definidos enemigos y, de forma particular, la cuestión del Sáhara Occidental. Jared Kushner, el yerno del expresidente estadounidense Donald Trump, abrió a Mohamed VI una gran oportunidad para marcar puntos en el dosier saharaui con la única condición de reconocer al Estado de Israel. La contrapartida era tentadora para Rabat que, no obstante, mostró su versión más dura en las negociaciones, exigiendo más y más cosas, que se precisan al hilo de los diferentes viajes que efectúa a Marruecos el propio Kushner, el enviado especial de éste, Avi Berkowithz, y Mike Pompeo, cuando aún era secretario de Estado. Para Trump que, según quienes lo conocen bien, ve el mundo como una caricatura y está dispuesto a lo que sea para alcanzar sus objetivos, reconocer la “marroquinidad” del Sáhara Occidental no plantea reticencia alguna.

Además de los designios que marca el inquilino de la Casa Blanca, desde el gabinete real y su extensión del ministerio de Asuntos Exteriores y de la Cooperación (MAEC), se hace una lectura favorable del contexto internacional. Argelia se encuentra replegada sobre sus grandes problemas políticos, económicos y sociales, con un jefe de Estado ausente y un Ejecutivo incapaz de abordar acuciantes urgencias y restablecer la confianza con una población en efervescencia, dotando al Hirak de un renovado impulso. Naciones Unidas tampoco supone una amenaza, encadenando fracasos los diferentes responsables designados para el arreglo del diferendo saharaui desde 1991 e incapaz de nombrar desde hace más de un año a un enésimo enviado especial para la antigua colonia española. La UE está demasiado ocupada en hacer frente a sus propios incendios conexos a la Covid-19, ahondando en sus divergencias, concentrando sus esfuerzos en la gestión del Brexit e incapaz de erigirse en potencia diplomática con un perfil unificado. Y hay que añadir que otros países árabes habían previamente abierto la vía hacia la normalización con Tel Aviv, insiriéndose una decisión favorable de Rabat en una lógica estratégica que permitiría un acercamiento a unas monarquías suníes con las que, Catar mediante, se había instalado desde hacía algún tiempo la disensión y el conflicto.

El momento era idóneo para que el soberano marroquí diera luz verde al deal americano, y más si este incluye, en un momento tan delicado, de crisis, una importante ayuda económica directa, flamantes acuerdos comerciales, nuevas inversiones y una reforzada cooperación militar bilateral con Washington. El reconocimiento también aporta ventajas de lado israelí, ya que Rabat está llamado a convertirse en un partenario estratégico y táctico, así como económico y financiero, comercial e incluso turístico. La final resolución, que es completamente imputable a Palacio, que Trump anuncia a través de un lacónico tuit el 10 de diciembre de 2020, coge a todos por sorpresa, incluido el Gobierno, elites políticas y económicas, pero sobre todo a la población. Porque un país que durante años construyó un relato oficial y lógica política sobre la solidaridad para con un pueblo musulmán y la lucha por los derechos de los árabes, a favor de justicia para Palestina, presentándose el propio rey como presidente el Comité Al Qods, que pretendidamente vela por Jerusalén y los palestinos; no es fácil de justificar ante su calle tal cambio de rumbo.

Si nos atenemos a los marcos interpretativos al uso hasta el minuto previo al anuncio de Trump, Marruecos pasaba a situarse del lado de los “traidores a Palestina”, que es como se denominaba a aquellas cancillerías que mantenían relaciones con el Estado hebreo y que se hacía extensiva a corrientes e incluso individuos partisanos de la normalización. Era el caso del movimiento amazigh (bereber) que, frente a Palacio, islamistas, izquierda panarabista y nacionalistas conservadores, defendían contra viento y marea el restablecimiento de los nexos con Israel, donde residen unos 700.000 judíos de origen bereber-marroquí. La incomprensión y la ira de la calle no se hizo esperar, y a través de las redes sociales, colectivos y asociaciones llamaron a manifestarse, pero tales iniciativas fueron prohibidas y contenidas. A modo de justificación, el comunicado real que siguió al tuit de Trump destacó el rol que Marruecos podía jugar para acercar a los pueblos de la región y en la promoción de la paz, y que esta decisión en modo alguno afecta a su compromiso con Palestina. A regañadientes, hasta el presidente del Gobierno, el islamista Sadedín Elotmani, tuvo que edulcorar declaraciones previas, en las que cerraba la puerta a toda normalización con Tel Aviv, arreciando las condenas en el seno de su Partido para la Justicia y el Desarrollo.

Marruecos o el caosMarruecos_diplomacia

El ministro de Asuntos Exteriones marrroquñi, Nasser Burita, en una rueda de prensa en Rabat. Jalal Morchidi/Anadolu Agency/Getty Images

El acuerdo en virtud del cual Mohamed VI restablece nexos con Israel responde a los anhelos del propio soberano pero, sobre todo, a la crisis interna que atraviesa el país, buscando ganar tiempo, obtener recursos suplementarios y, ante todo, desviar la atención sobre el auténtico estado de cosas sobre el terreno, donde se multiplican los focos de descontentos. El advenimiento de un nuevo presidente estadounidense, Joe Biden, cuya victoria electoral Marruecos tardó en reconocer por miedo a una airada reacción de Trump que diera al traste con el pacto, sancionado durante los últimos días de su mandato; plantea múltiples dudas, ya que nadie puede garantizar que el demócrata revoque la decisión de su predecesor. Por si acaso, en un tiempo récord se orquestó la inauguración de un consulado estadounidense en Dajla rehabilitando un antiguo inmueble administrativo, aspirando Rabat a que una política de hechos consumados dificulte la potencial revocación de Biden. Rabat, en esta ocasión ayudado por amplios sectores del lobby judío, redoblan recursos, esfuerzos y  contactos en Estados Unidos, buscando movilizar todos los activos posibles y ejercer el máximo de influencia ante el flamante presidente, confiando en la irreversibilidad del decreto firmado por su predecesor y ello aún sin tener claro los efectos prácticos del mismo.

Aprovechando el impulso de la administración Trump y el espaldarazo de Israel, que ya ha abierto un despacho de enlace en Rabat a la espera de instalar su propia embajada, pero también para continuar despistando la atención sobre su frente social, el MAEC ha colegido que el reconocimiento de Washington debería comportar una ola de gestos en el mismo sentido en Europa, obteniendo así una victoria total y abortando de una vez por todas la opción de la autodeterminación para el Sáhara Occidental. En esta línea, el titular de Exteriores marroquí, Naser Burita, no ha dudado en impeler a la UE a “salir de su zona de confort y apoyar esta tendencia internacional (…) una (nueva) orientación que emerge y que Bruselas debe abrazar”. El argumento de Burita hace especial hincapié en que hasta febrero de 2021 un total de 42 países habrían apoyado esta dinámica, siendo el reconocimiento estadounidense el colofón, no tratándose por tanto de una “posición aislada”. Por si acaso el ejemplo de Washington no es suficiente, el jefe de la diplomacia marroquí lanza un aviso a navegantes, bajo forma de Marruecos o el caos, afirmando que “Europa necesita una zona sahelo-sahariana estable y segura”.

En el Europarlamento es conocida la capacidad de influencia marroquí a través de “buenos amigos”, como afirma una fuente diplomática del Reino, con una importante capacidad de influencia en Bruselas, tanto en la agenda de temas como en la orientación de los mismos. “Ocurre que la cuestión saharaui no es algo que se pueda hacer pasar como si tal cosa, sin hacer ruido, sin más”, sostiene un asesor de un veterano europarlamentario conservador francés. Y como esta “diplomacia” sui generis parece no llegar, Marruecos ha puesto en orden de batalla a una pléyade de servicios, incluidos los de inteligencia exterior, la Dirección General de Estudios y Documentación (DGED), y a todo “consultor” y “colaborador”, ya sea este fijo o freelance, susceptible de granjearse apoyos para la causa en el continente europeo, invirtiendo de paso significativos recursos en medios y comunicación. Se buscan voces cualificadas, perfiles con responsabilidades políticas, asesores, lobistas o empresarios, en Bruselas o en otras importantes plazas, para lo cual se ofrecen prebendas, se cobran antiguos favores, se prometen incentivos…

Dentro de grupo de los que han sido seducidos por Rabat figuran nombres como los de Benjamin Griveaux, ex portavoz de Emmanuel Macron durante su campaña de las presidenciales, Bruno Fuch, el “Señor África” del presidente galo, Marie Christine Verdier, vocera del grupo la República en Marcha en la Asamblea Nacional francesa, el diputado de origen marroquí Mjid el Guerrab, quien ha reclamado ya la apertura de un consulado y un Instituto Francés en el Sáhara Occidental; y políticos jóvenes, con una brillante carrera ante ellos si cuentan con un impulso consecuente, como Pierre Henri y Jean Louis Borloo, que ha sido el primer político europeo en demandar a la UE que siguiese la senda saharaui de Trump, al igual que ha hecho el alcalde de Metz, Fraçois Grosdidier, de cuyas declaraciones, sorprendentemente alineadas con el sentir e incluso la retórica del Reino, ha dado buena cuenta la agencia oficial marroquí, la MAP. “Es absolutamente necesario que la UE siga el ejemplo (americano) y reconozca la soberanía marroquí en sus provincias del sur, lo que ya es una realidad compartida por la población sobre el terreno”, afirma Grosdidier, que se perfila de este modo como estadista y experto en la región. El embajador suizo en Rabat, Guillaume Scheurer, también ha roto una lanza a favor de la ascendiente marroquí sobre el Sáhara. En Bélgica, el lado flamenco no se ha dejado cautivar por los cantos de sirena marroquíes, pero sí han sucumbido algunos de la parte francófona, como los veteranos Louis Michel, ministro de Estado, y Jacques Brotchi, presidente honorario del Senado.

“La región de África del Norte es la menos integrada del mundo (…) a causa del conflicto del Sáhara”, indicó en una rueda de prensa, el pasado 24 de febrero, Claudia Wiedey, embajadora de la UE en Rabat, en lo que algunos en Marruecos han querido ver el inicio del compromiso de Bruselas con su causa. Pero lo más destacable llegó el 26 de febrero, cuando se hizo pública una carta firmada por hasta 250 “líderes políticos y responsables electos internacionales”, en ejercicio y retirados, dirigida a Biden para apoyar el reconocimiento de Washington de la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental. Entre los signatarios, de hasta 25 países diferentes, figuran miembros del Parlamento Europeo, alcaldes de varias ciudades del Viejo Continente, destacando la figura del ex presidente checo, Vackal Havel. La carta recoge todos y cada uno de los argumentos esgrimidos por Marruecos, evocando el sufrimiento de las poblaciones que viven en Tinduf, la necesidad de paz y estabilidad en una región estratégica, haciendo hincapié en los riesgos armados, apostando por la opción autonomista que defiende Rabat y felicitándose del desarrollo que conoce la zona (infraestructuras, hospitales, urbanismo, servicios, enseñanza, agricultura, industria, turismo, economía social y solidaria) gracias a la impulsión de Mohamed VI. Un desarrollo que, según la misiva, va en paralelo de una “gobernanza local democrática floreciente”, sin olvidar congratularse del acuerdo firmado con Estados Unidos e Israel para “reforzar las perspectivas de paz en Medio Oriente, conformemente al rol que Marruecos ha jugado históricamente para hacer avanzar la paz en la región”. Eso sí, faltan en la lista  de firmantes pesos pesados conocidos por su proximidad a Palacio o su amistad con Marruecos, como Nicolas Sarkozy, Rachida Dati, Hubert Vedrineo o incluso Miguel Ángel Moratinos y José Luís Rodríguez Zapatero.

«Ambigüedad irritante» de EspañaMarruecos_Sahara

Manifestcaión en apoyo de los derechos de los saharauis en Granada, España. Fermin Rodriguez/NurPhoto via Getty Images

Hacia España la ofensiva ha tomado otra dimensión, más acorde a la historia, realidad y conflictividad siempre latente entre vecinos. La posición de Marruecos, explicitada de forma un tanto incoherente y burda por propagandistas marroquíes en soportes conservadores españoles, exige a Madrid el fin de su “tibia postura”, de su “ambigüedad irritante”, hacia la pretendida integridad territorial de Marruecos. No faltan alusiones a Ceuta y Melilla, considerando el bando marroquí que llegado el momento se debería abordar el estatuto de los “presidios ocupados”. Henchidos del reconocimiento otorgado por Trump, al menos hasta que Biden se pronuncie al respecto, pretendiéndose fuertes e ineludibles, una suerte de potencia diplomática, primando siempre el tono de amenaza, apenas velada, se afirma que es mejor “dejar que los intereses económicos y de seguridad prevalezcan sobre cuestiones potencialmente conflictivas”, sobreentendiéndose como una alusión directa a Ceuta y Melilla, emigración, criminalidad y terrorismo, entre otros.

Porque, y esta es la conclusión a la que finalmente se llega, la prosperidad y seguridad España dependen de Marruecos, convicción ampliamente compartida por las elites políticas y económicas del Reino. Así se lo ha hecho saber el propio Burita a su homólogo española, Arancha González Laya, en su más reciente encuentro, en el que han convenido posponer nuevamente “por razones sanitarias” la Reunión de Alto Nivel que debía celebrarse el pasado diciembre. La realidad es que Rabat espera ciertas clarificaciones del lado español, teniendo muy presentes las simpatías de Podemos por el Frente Polisario, exigiendo de Madrid una “posición positiva” sobre el dosier saharaui. Con una situación interna explosiva, imbuidos de la unción de Trump en los albores de su mandato, y a la espera de lo que decida el nuevo inquilino de la Casa Blanca, Marruecos ha optado por privilegiar una agresiva política diplomática, aunque no solo, en aras de captar apoyos para sus tesis en el Sáhara Occidental, cueste lo que cueste y llegando hasta donde sea necesario. La fragilidad interna obliga.

Allende las habituales turbulencias entre Marruecos y España, el gran golpe en la mesa marroquí ha llegado a través de Alemania. El 1 de marzo, a través de un escrito del MAEC dirigido al Gobierno, se decretó la suspensión de todo contacto con la Embajada teutona en Rabat, así como con sus organismos vinculados, ya sean de cooperación o fundaciones relacionadas. Cualquier derogación a este cese de la relación debe ser objeto de una aprobación previa, y explícita, de Exteriores, que también paraliza toda relación diplomática con Alemania dentro de territorio marroquí. Más allá del fondo, llama la atención la forma, ya que es un ministro quien se dirige a su teórico jefe, el
presidente del Gobierno, y a sus compañeros de gabinete, para que tomen nota de la decisión que su departamento ha tomado. A nadie escapa que Exteriores es un “ministerio de soberanía” y que su titular, Burita, responde única y exclusivamente ante Palacio. Fuentes periodísticas han apuntado que la decisión se debe a que el parlamento regional de Bremen hizo ondear la bandera del Frente Polisario en el 45º aniversario de la fundación de la República Árabe Saharaui Democrática. Pero el malestar con Berlín es más profundo, molestando sobremanera el dinamismo alemán a través de diferentes apéndices en la promoción de iniciativas vinculadas con democracia, derechos humanos y libertad de prensa, llegando a tejer una densa red de activistas, académicos y periodistas locales que enarbolan un discurso disruptivo para con el poder oficial. “Marruecos ya no va a aceptar más que se le pisotee. Somos la gran potencia de la región y Europa tiene que empezar a tratarnos con el respeto y la deferencia que nos merecemos”, sentencia una fuente diplomática marroquí corroborando esta nueva agresividad.

Fuente