La ignorancia y el rechazo social y familiar impidieron que Ayman se reconociera a sí mismo como una persona transgénero

Estudiaba, iba al gimnasio, jugaba a fútbol con los chicos del barrio… Ayman El Yassini nació hace 19 años en Nador, una ciudad costera en Marruecos, a 9,3 millas de Melilla. Cuando tenía 16 años, su padre le impidió continuar con la vida que quería llevar: le prohibió ir a la escuela, salir con amigos, comprar una moto o vestirse con ropa de niño. Tuvo que quedarse en casa ayudando a su madre.

“Desde que era pequeño sentí que tenía que haber nacido un niño. Pero en ese momento no te comes tanto la cabeza, no piensas en ello. Es diferente cuando creces, tus pechos crecen y obtienes la regla”, explica Ayman de Girona, donde vive con su pareja, de Girona”.

Quería ser libre, caminar por la calle sin ser insultado o hablar de él. Trabajar como carpintero o mecánico. Vestirte como quieras y corta el pelo. “No pude hacer nada”, recuerda.

A medida que crecía, la expresión masculina del Ayman provocaba rechazo social y familiar

No tuvo más remedio que embarcarse en un camino lejos de casa. Después de un intento frustrado de huir solo bajo un camión a lo largo de la frontera con Melilla y una etapa oscura con una tía en Bélgica, llegó a Vilanova i la Geltrú con un visado que recibió con la ayuda de su madre.

Un viaje que debía servir para volver a Bélgica, pero que finalmente valió para empezar una nueva vida solo en Cataluña, en contra de la voluntad de su madre. Para ocultar el viaje, el padre le dijeron que iban a ver a la abuela a Oujda y, lejos de enfadarse, al final se quitó un peso de encima. “Para que la gente hablaba de mí, ‘que si era como un chico’, ‘que qué vergüenza’, le decían los amigos de mi padre cuando iba al bar. Ahora no hablan de mí.”

El camino para reconocerse

Estuvo tres noches durmiendo en la playa, y con el poco dinero que tenía fue a la peluquería, incluso antes de comprarse algo para comer. “Para mí era algo muy grande cortarme el pelo”, asegura. Con el miedo de ser deportado, se atrevió a ir a la Policía Local. Terminó en un centro de acogida en Girona. En su planta, chicas de entre 16 y 18 años. “Mi historia era completamente diferente de la de los chicos del centro y también de la de las otras chicas. La mayoría vinieron aquí porque las hacían casar”, explica el Ayman.

El Ayman en Bélgica, donde vive su hermana, que también migró para evitar casarse

Rodrigo Araneda, presidente de Acathi, asociación de personas migrantes y refugiadas LGTBI +, considera que la administración “tiene el deber” de proveer el menor de todas las herramientas que permitan su libre desarrollo.

“Si esta persona hubiera estado en un centro de acogida en el que hubiera habido unos educadores más pendientes del desarrollo de género, habría tenido espacios para su desarrollo mucho antes de lo que los ha tenido.”

La legislación española contempla la posibilidad de pedir asilo por identidad de género, una solicitud que se habría podido hacer también siendo menor de edad “si la administración hubiera hecho un trabajo más exhaustivo”, reclama Araneda.

Acabar con la disforia de género

Y es que no hace ni dos meses que el Ayman, con 19 años y ya viviendo de forma autónoma, ha comenzado el tratamiento hormonal para completar el transito. Ha dejado atrás el nombre que le pusieron sus padres, y con la ayuda de su pareja se les ha abierto un mundo que desconocían.

Yo no sabía que era un chico transgénero. Yo le decía a mi pareja que pienso y siento como los chicos. Tenía una disforia tan grande que tenía que decir. Me escuchó, buscamos vídeos e información, y encontramos mucha más gente como yo. “

Enviaron un correo electrónico al Servicio Tráfico de Barcelona y comenzaron con el tratamiento

El Ayman hace deporte en el parque de la Devesa, en Girona, donde vive con su pareja, después de pasar por un piso tutelado (CCMA)

“Es importante hablar de ello para ayudar a otros. Aquí en España hay más información que en Marruecos, pero todavía está todo muy escondido”, opina.

Espera con impaciencia cambios en el cuerpo y en la voz, y empieza a ver “lo que siempre ha visto en el espejo”. “Veo lo que siempre veía dentro de mí. Pero lo que más me preocupa es mi familia, mis padres, porque no lo aceptarán.”

La aceptación familiar

Hablamos con su madre, que confirma la tristeza “que parte de su sangre se vaya a otro país”, pero reconoce que aquí “su hija puede estar mejor”. “La gente la ayuda y es mejor que en Marruecos, no le pueden hacer tanto daño.”

Este brizna de comprensión esfuma cuando se entera, a través de su hermana, que cuando vuelva a Marruecos quiere “llevarlo a un médico que lo vuelva a hacer chica”.

La madre del Ayman se resiste a hablarle en masculino, pero acepta que en Cataluña “puede estar mejor” (CCMA)

“Si ella me quiere, reflexionará, buscará información y lo entenderá, pero si no lo quiere hacer, no puedo hacer nada”, lamenta. A su hermana Hajar le costó mucho aceptar el cambio de su hermano pequeño, pero ahora empieza a entenderlo, y constata que “no encajaba en Marruecos”. “Ojalá hubiera nacido ya como un chico, y haber evitado los problemas que tenemos ahora. Siempre ha pensado como un chico, también el físico.” Pero espeta una frase que anima la Ayman: “Está muy bien porque así puedes ver lo que eres de verdad y lo que siempre has sido.”

Huir del ostracismo social

El Ayman retrata él mismo la realidad del país que dejó atrás: “Si la sociedad se da cuenta que eres más masculino o más femenino, o si eres gay o lesbiana, te pueden pegar, violar o matar. Y si lo vas a denunciar a la policía, también te pegarán y te insultan y te llevarán a la cárcel.

” Esta represión institucional la constata Amnistía Internacional, mediante supervivientes de ataques homofóbicos o transfóbicos en Marruecos que aseguran tener miedo de denunciar las agresiones a la policía por el riesgo que supone que los detengan.

Una detención “amparada” por el artículo 489 del Código Penal marroquí, la misma ley que contempla condenas de hasta tres años de prisión por mantener relaciones sexuales entre personas del mismo sexo.

Pero más allá de la visión legal, Araneda asegura que la respuesta de la comunidad o de la familia es a menudo “mucho más castigadora que la ley”. “Cualquier desvío de las obligaciones culturales es una vergüenza para la familia, un deshonor. Para poder vivir su sexualidad o identidad de género deben romper con el contexto familiar”, afirma.

La ONG Human Rights Watch denuncia que la única manera de sobrevivir para las personas trans en Marruecos es “autocensurarse en el día a día”, es decir, ocultar la identidad de género para mantener un trabajo o un techo.

La ausencia de referentes públicos LGTBI en Marruecos hace que muchas personas trans “no entiendan lo que les está pasando, y la única referencia que tienen son insultos”, asegura el presidente de Acathi. Al llegar a Europa, empiezan a encontrarse con términos que definen su realidad.

“Soy un chico trans”

La primera cosa que el Ayman asegura que ha ganado es libertad. “Gente a la que pueda decir quien soy. Aquí me siento libre. Los médicos me escuchan. Puedo ser yo.”

El Ayman ha hecho cursos de catalán, de mecánica, de operario o de atención al cliente, y después de meses buscando trabajo, ha encontrado una oportunidad, a través de Cáritas, en una empresa de limpieza. Esto si la tramitación del permiso de trabajo y la Covidien se lo acaban permitiendo.

“Cuando pueda trabajar y ahorrar dinero podré conseguir lo más importante de mi vida: hacerme la operación de pecho.”

Un último paso, la mastectomía, porque identidad y cuerpo terminen de converger en un joven que siempre ha sido la Ayman, y que ahora sólo ha dado el paso de compartirlo.

Fuente www.ccma.cat