La memoria de los judíos marroquíes entre Marruecos e Israel: el Knéset aprueba un día nacional de conmemoración

BOUBEKRI MOHAMMED YASSER

El miércoles 31 de diciembre de 2025, el “Knéset”, el parlamento israelí, aprobó una ley por la que se establece un día nacional de conmemoración dedicado a los judíos de origen marroquí que emigraron a Israel, así como a las víctimas de ese proceso migratorio, con especial referencia al naufragio del barco “Egoz” ocurrido en 1961. La decisión parlamentaria convierte esta memoria en un elemento oficialmente reconocido por el Estado israelí y la integra en su calendario institucional.

La norma prevé la celebración anual de esta jornada en una fecha vinculada al calendario hebreo que coincide con el aniversario del hundimiento del “Egoz”, además de la organización de una sesión especial en el propio Knéset y la incorporación del patrimonio judío marroquí en los programas educativos. De este modo, la memoria de la emigración deja de ser un ámbito exclusivamente comunitario para adquirir una dimensión pública y estatal.

La emigración judía desde Marruecos no puede entenderse al margen de su contexto histórico. La comunidad judía marroquí, una de las más antiguas del mundo, formó parte durante siglos del entramado social, cultural y económico del país, en un marco de convivencia religiosa y bajo la protección de la monarquía. Su historia en Marruecos no estuvo marcada por una política de persecución institucional, sino por una convivencia compleja y prolongada que dejó una huella profunda en la identidad colectiva.

Tras la creación del Estado de Israel en 1948, el escenario regional e internacional se transformó radicalmente. El conflicto árabe-israelí, el final del periodo colonial y la actuación de redes de emigración clandestina influyeron de forma decisiva en la salida progresiva de judíos de varios países árabes y musulmanes, incluido Marruecos. En este contexto, la emigración respondió a una combinación de factores geopolíticos, presiones externas y decisiones individuales condicionadas por la incertidumbre del momento.

El naufragio del “Egoz”, en enero de 1961, supuso una tragedia humana de gran impacto simbólico. En él murieron 44 personas, entre ellas mujeres y niños, que intentaban emigrar de forma clandestina. Este suceso marcó un punto de inflexión y contribuyó a acelerar el paso hacia fórmulas de emigración más organizadas en los años posteriores. Su centralidad en la ley aprobada por el Knéset refleja la voluntad de convertir esa tragedia en un referente estructurante de la memoria oficial.

La aprobación de este día nacional se inscribe también en una dinámica interna de la sociedad israelí, caracterizada por el reconocimiento tardío del papel de las comunidades judías procedentes del mundo árabe y musulmán, históricamente relegadas frente a la narrativa dominante de origen europeo. En este sentido, la ley puede interpretarse como un intento de equilibrar el relato nacional y dar visibilidad institucional a una memoria largamente marginalizada.

No obstante, la forma en que se construye y se transmite esta memoria plantea interrogantes. La inclusión del patrimonio judío marroquí en los planes educativos puede suponer un avance en el reconocimiento de la diversidad cultural, pero también corre el riesgo de ofrecer una lectura parcial del pasado, centrada en la emigración y el desarraigo, sin reflejar plenamente la profundidad histórica de la presencia judía en Marruecos ni la complejidad de las relaciones entre comunidades.

El alcance simbólico de la decisión trasciende el ámbito israelí. Para Marruecos y para los judíos de origen marroquí repartidos por el mundo, muchos de los cuales mantienen vínculos culturales y afectivos con su país de origen, esta institucionalización de la memoria abre un espacio de diálogo, pero también de debate sobre la interpretación del pasado compartido.

En última instancia, la historia de los judíos marroquíes no puede reducirse ni a la emigración ni a una sola tragedia. Es una historia de arraigo prolongado, de convivencia y de aportación cultural, atravesada posteriormente por decisiones marcadas por un contexto internacional convulso. La ley aprobada por el Knéset transforma esa trayectoria en memoria oficial y confirma hasta qué punto el pasado sigue siendo un elemento central en la construcción de identidades y relatos contemporáneos.

Mohammed Yasser Boubekri

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