Recoge su vestido de lluvia
deshecho en charcos
y el velo se destiñe de alegría.
El sol irradia su figura
templando sus meditaciones.
Aquellos dátiles cuarteados de dulzura
secaron ante la inapetencia.
Solitario, dormita el lecho de sabanas nuevas,
en la atmósfera que febril
ya no canta.
Quedan lejanos dos cuerpos
que ya no se imantan.
Para su ramo no abrieron
los azahares blancos.
Mayo pasó de soslayo por su vida.
Ella sostenía el perfume disipado
de algún ángel que voló caluroso
a mediodía.
De aquella flor, hoy
ni quedan los estambres,
ni los pétalos,
ni una gota de rocío tardía,
pues oculta, de aquel horizonte
ya feneció el anhelo de su vida.
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